viernes 19 de junio de 2009

a la mexicana


Me fui de peregrino.
No creo en dios. De hecho se me complica entender todo lo que incluye la fé.
Soy de los que hubieran dicho que Noé estaba completamente loco si lo hubiera visto construir el arca.
Con todo y eso agarré a mi Zufridora, que así se llama mi bicicleta, y me fui a España de peregrino, aprovechando una invitación de la Universidad de Santiago para participar en un simposio: Poéticas de la resistencia.
El Camino de Santiago es un manojo de rutas milenarias de peregrinación que atraviesan Europa y que llegan al sepulcro del apóstol Santiago, en la catedral de Santiago de Compostela, en Galicia, al oeste de la península ibérica.
Los peregrinos andan el camino por gran variedad de razones. En mi caso fue cosa de turismo, principalmente.
Todas las razones que te puedas imaginar se traducen, en el imaginario católico, como señales que te conducen hasta la tumba de un señor que fue apóstol, templario y peregrino. 
El misterio del llamado... Señales...

Hay mucho en internet sobre la preparación para este recorrido de más de 700 kilómetros. Leí atentamente muchas guías, estudié el clima. 
Luego hice mi propio plan y cambié bastantes cosas, por ejemplo:
Todos recomiendan el uso de parrillas para instalar alforjas. De este modo no cargas mochila. Yo no lo hice, en primera por tu recomendación, Don Matus, que por algo así te decimos de cariño. Más sabe el diablo por viejo.
Y es que la bicicleta puede cargar mucho más que tu, si le pones alforjas, te vas a dedicar a llenarlas y luego no vas a poder cargar. Lleva lo que puedas cargar. Piensa que tendrás que subir escaleras con todo lo que llevas.
Además es más fácil tener problemas mecánicos con el eje trasero y que en todo caso es mejor traer canasta en el manubrio.
También me dijo Matus de una tienda para alpinistas donde venden equipo bastante barato, allá en la colonia Doctores.
En vez de alforjas llevé cinco paliacates, que amarraba del manubrio, o manillar para que me entiendas, y debajo del sillín como maleta del patito feo.
En algún momento tuve que decidir entre llevar bolsa de dormir o jarana, que por si no lo sabes es un instrumento de 8 cuerdas que van afinadas en 5 notas, y que tiene forma como de mandolina, típico de Veracruz.
Que me haya decidido por la jarana, eso sí que es un misterio inexplicable. 
Sobre todo porque no la sé tocar.
El equipo que llevas, peregrino en ciernes que planeas tu viaje, adquiere durante la ruta propiedades mágicas. Yo terminé nombrando todas las cosas. 
Dos mudas de ropa transpirable, de ciclista, lycras y jersey. 3 juegos de ropa interior. Un chaleco gordo para el frío. Pants. Pantalones gordos de invierno. Rompevientos. Impermeable. Jabón, champú y una toalla de esas de natación, que son chiquitas y siempre están húmedas. Herramienta para la bicicleta: Una cámara de llanta de repuesto. Parches. Bomba de aire. Cámara fotográfica y sus respectivos cables. Libreta de viaje. Un botiquín que consistía en pomada analgésica de árnica y mentol. Árnica aparte en pomada. Vitacilina para los raspones. Vaselina para los labios. Cortauñas. Hilo y aguja (para la ropa). Luces para la bici y chaleco reflejante. Casco y guantes. Cangurera grande para mapas, libreta y monedero. Cangurera secreta para pasaporte y billetes. Cobijita de tela polar. Cadena para amarrar la bicicleta. 
A la Zufridora le instalé una suspensión delantera ajustable y llantas de gajos para la montaña.
Todo eso pesaba menos de diez kilos y se podía distribuir en los cinco paliacates de colores de la siguiente manera: blanco, para el pantalón de invierno, azul ropa sucia, suelta, ropa limpia en bolsita de plástico, naranja con la herramienta de ciclista, rojo para el chaleco de invierno y amarillo para la cobija de tela polar. Lo demás en la mochila.
Debo incluir un tatuaje que me hice en la pantorrilla izquierda: una rana que cuando pedaleo parece que salta para adelante.
Con eso me fuí.
Un mes antes hice algunas pruebas: rodé mil kilómetros en dos semanas sin que mi cuerpo protestara. Subí al Ajusco y a Contreras. Anduve por el Desierto de los Leones para practicar un poco en senderos de tierra.
Supe que fisicamente podría hacerlo, aunque tenía consciencia de que soy una rata de coladera, acostumbrado al asfalto y a las ciudades.
Como siempre, llegó el día de partir y yo tenía la sensación de que me hacían falta un millón de cosas, pero ni modo.

día 0



México . Madrid . Pamplona
Apenas me fui y ya te extraño, cabrona.

La llegada fue catastrófica. Y era lo que tenía más estudiado: llegar a Pamplona, tomar el autobus a Roncesvalles y asomar la cara a la misa de las 8 en el pueblillo tal, con la bici armada. La primera sorpresa: que no llegó la bici. Perdida en el equipaje. Una señorita muy avergonzada, pero también muy inútil, me proponía iniciar el camino andando y que cuando la encontraran me la envíaban a donde yo estuviera.
De dónde estaba la bicicleta, ella sólo podía asegurar que no estaba en México ni en Madrid. Fuera de eso había posibilidades de que estuviera en cualquier parte del mundo: China, Australia, África.
Un principio brusco.
Triste y desilusionado tomé el autobús al albergue que debía yo encontrar en Pamplona. Busqué varios, pero ninguno estaba abierto, más que el que me habían advertido que era terrible: Casa Paderborn. Atendida por unos hospitaleros alemanes que mascaban un poco el inglés y cuyo español era terrible. El rigor de los peregrinos me pareció exagerado: a las diez de la noche apagaron la luz y cuando abrías un cierre te gritaban ¡shhh!. Pasé frío. El jet lag me mascó la cabeza. Apenas apagaron las luces me dí cuenta de que en el encabronamiento y el manoteo dejé el casco y los guantes encima del mostrador de Iberia.
Con las prisas de que me cerraban el albergue tampoco compré nada para cenar y tuve hambre. Cuando estaba logrando dormirme empezó a roncar un tipo que parecía que se iba a morir. Al final cuando ya tenía mucho sueño, entró un alemán, encendió la luz y gritó, ¡buenos díiiiiiiias!
Esto será mucho mas rudo de lo que pensé, pensé.

día 1





Pamplona . Puente de la Reina / Gares
Que lleguen a tu trompita mis besos, atravesando los mares.
24 kms


Los alemanes preparaban desayuno: pan tostado, mantequilla y mermelada, café aguadín con leche. Me comí 4 y eso por educado.
Ahí conocí a Jope y a Javi. ¿Se acuerdan? Javi se quejaba de que aquello parecía la mili y Jope tan serio y tan concentrado en sus etapas. Por una cosa de solidaridad de gremio les conté de que se me había perdido mi bicicleta y se preocuparon mucho.
Yo me sentí un poco mejor, aunque claro que no podían hacer nada. Había que desocupar el albergue a las 8. A las 8 y cinco me encontré en la calle, sólo, con mi mochila, sin bici y ahora sin casco.
Pero eso sí, con hambre y frío. Pamplona a 7° centígrados.
Primero lo primero, me metí a un café a desayunar. El tío que atendía estaba muy sorprendido de mi apetito mañanero. Mi cuerpo pensaba que era media noche, por el cambio de horario. 
Tortilla de patatas, café, croissant con mantequilla y mermelada. Más café. Cuando convertí los diez euros a pesos mexicanos me dí cuenta que había gastado el presupuesto de la comida y la cena.
Luego llamé al aeropuerto. Había preparado todo un discurso sobre lo invaluable que era haberme perdido la oportunidad de pedalear por Roncesvalles, la parte montañosa de Navarra. 
Me contestó una chica que sonaba francamente preocupada, diciendo que ya tenían ahí mi bici y además habían encontrado mi casco y mis guantes. ¿A dónde se los envíamos me decía? y yo dije, no, no muevan mis cosas de ahí, por favor no les quiten los ojos de encima y salí corriendo al aeropuerto.
Al correr dejé sobre la caseta telefónica la libreta de viaje con las notas del rollo que iba a tirar en la Universidad de Santiago, las etapas que había planeado y las fotos de la familia.
Fue fácil encontrar el autobús al aeropuerto. En cuanto recibí la caja, la abrí y me puse a revisar que estuviera completa y buen estado. Apenas saque una rueda de la caja, llegó un policía a decirme que me tenía que salir del aeropuerto para armar mi bici y que me vió cara de que iba a decir algo y a los puros empujones me colocó en la banqueta.
Ni siquiera me dio tiempo de asustarme o de enojarme o de pedir explicaciones y ya estaba otra vez afuera, a 7°. Así que pues no hice más que armar mi bicicleta y pedalear rumbo a Pamplona por la ruta que había hecho el autobús.
No avancé más de medio kilómetro cuando un policía en su moto se me echó encima y me obligó a detenerme. Fuerte. Feo. Y a los puros gritos me dio una cátedra intensiva de por dónde pueden circular los ciclistas.
Por las autovías, no.
Y unos kilometros más adelante, en una banqueta desierta que era lugar seguro me detuve a tomar aire. Volví a revisar que tuviera todo en su lugar. Me regañé muy duro y me dije: más atento, mi carnal. No puede ser que dos veces te detenga la policía en menos de dos horas por dos cosas distintas. Tomé mucho aire y eché para adelante con más cuidado.
Era como medio día cuando ya estaba otra vez frente al albergue Paderborn, con todo y bici. Desde ahí decidí empezar a buscar las flechas amarillas que señalan el camino. Mi cuenta kilómetros ya marcaba 20. Yo quería recoger algunas piedrillas de Roncesvalles para llevarlas a la Cruz de Fierro, algo había leído entonces al respecto de ese ritual, pero me conformé con agarrar algunos guijarros y echarlos a la maleta. Para mis chavas, mis papás, mis hermanos, mi awelita, para Jacinta y Martina, para los Lenguolos y para cada uno de los 380 escritores de la tortillería. Medio kilogramo de piedras para demostrarles a todos cuánto los quiero. Más adelante, con la sucesión de días y de pendientes tuve que ir desechandolos uno por uno. Pero no nos adelantemos.
Al principio no fue nada fácil. Acostumbrado al asfalto, en cada desvío intentaba yo zafar del sendero de tierra y pensaba, le doy la vuelta a la manzana y por ahí debo encontrarme otra flecha amarilla. Y nada, pues me perdía y me perdía. Y cada vez un kilometrito más y más.
Había planeado hacer etapas de 60 kms. Pensaba que tomaría tres horas, como del desayuno a la comida, digamos. Y aquí ya se acercaba la hora de comer y yo no podía salir de Pamplona, para empezar a contar los kilómetros.
Así que pronto me puse más atento a seguir el camino que está marcado con flechas y que pasa por lugares por donde el sentido común te grita que no, que es de subida, muy empinado y lodoso, mientras que este otro caminito es grande, plano y seco.
La cosa es que los que ponen las flechas son gente de por ahí, que mucho tiempo lo ha pensado, en función de que sea más sencillo y bonito. Así que ya al medio día me puse a seguir las flechas y así una hora estuve en la Universidad de Navarra, admirando jardines y muchachas.
Empezaron a pasar los nombres que recordaba haber apuntado en la libreta perdida.
Y había yo leído de las dificultades del Alto del Perdón. Al buscar en las altimetrías, cuando armé mi viaje, recuerdo que no era tan alto ni tan largo.
Yo estaba acostumbrado y preparado para las subidas constantes, pero los columpios de tierra, mezclados al jet-lag y tal vez a cosas de la altura, el caso es que apenas empezó la subida se me acabó el aire, sudé como cerdo, no me acomodaba la jarana y la maleta.
El cuenta kilómetros no llegaba a los diez por hora jamás. La mitad de la loma la subí empujando.
Hasta arriba, la recompensa de la vista panorámica de Navarra no duró mucho, porque el frío y el viento no permiten quedarse más de un par de minutos. Llegué a la cima pidiendo perdón por no haber estudiado con más cuidado la cosa de las altimetrías. ¿Tal vez por eso se llama Alto del Perdón?
En el descenso me emparejo con los kilómetros, me dije, y me tiré por una empinada cuesta, también llena de rocas y tierra que hicieron la bajada más que emocionante. Y la consecuencia, que el cuenta kilómetros salió volando en algún momento y que cuando me di cuenta, me pareció trágico y volví por él. O sea que el Alto del Perdón lo subí dos veces, por los dos lados, en ambas pidiéndome perdón a mi mismo por las molestias.
Además, no lo encontré.
Como recompensa: descansé un rato en la ermita de Santa María de Eunate, que es muy apacible. Redonda y tiene una prohibición de hablar. Ponen cantos gregorianos que suenan muy bien con la acústica del edificio. Sumados al cansancio y al mal rollo se agradece el frescor y la musiquita.
Llegué a Puente la Reina / Gares, como a las cuatro. La guía marca 24 kilómetros entre Pamplona y este lugar, pero cuando se perdió el cuenta kilómetros ya marcaba más de 40.
Compré algo de fruta y pan, ya traía un cacho de salchichón. Compré una libreta y gasté algo de dinero en internet, para avisarle a la asustada banda mía que la bici ya había aparecido. Ahí me enteré por mail que te moriste, Ricardo.
Tenía yo en mis pendientes leer tus textos. Es una pena. Pensaba en tí y en tu familia cuando me sorprendió en la calle un velorio. Se detuvo todo. La gente se puso de pie. Algún señor me indicó la manera de sortear el tumulto, pero yo no lo quise sortear.
Me bajé de la bici y me quité el casco. Pensé que me gusta que un barrio o un pueblo o un pedazo de planeta se detenga ante la muerte, aunque sea un momento.
Un cura se tiró un rollo respecto al muertito que al parecer, dado el tamaño y actitud de la multitud, era bastante querido. Después uno de los deudos me agradeció que me hubiera detenido. No tenía porqué. Recuperé el aliento. Usé ese tiempo en pensar en tí, Rico y en mis propios muertitos.
Luego atravesé como un loco por el Puente, que es la salida natural y lógica del pueblo, pero como no es para coches, sólo se puede pasar a pie o en bici o a caballo, entonces el pueblo está un poco enrrollado en su circulación.
Eso pensaba yo y se me pasó una flecha, y me seguí de frente por una empinada cuesta. Y apurado por los kilómetros pedaleé como una hora en la dirección equivocada. En algún momento me encontré completamente sólo, lejos y perdido y me decidí a regresar sobre mis pasos.
Ni modos.
Albergue de los Padres Reparadores. 5 euros. Esta vez, prevenido, me agarré un lugar frente a la calefacción. Tenía tanta hambre, que nomás aventé la maleta y me fui a buscar el bar donde servían menús de peregrino para cenar.
Faltaba una hora.
Intenté llamar a los amigos españoles desde una caseta telefónica. Después de mucho batallar, hallé a mi querido P.P. quien me ofreció su casita en Miranda de Ebro, y luego tuvo que cortar porque estaba en un banco o algo así. Llamé a mi primo, pero no me contestó. Y al Frank. Tampoco lo localicé, pero algo hice mal porque agoté el crédito de mi tarjeta.
El menú de la cena me levantó el ánimo: una ensalada mixta, con hartos palmitos, queso parmesano y espárragos. Luego un plato grande de lomo de res. Eso con media botella de vino. De postre un plátano que no estuvo tan sabroso. Y café.
Ahí te conocí, Eve, temerosa de contraer alguna enfermedad por comer el huevo batido en turrón del postre. Ibas con Trish y Stephanie y con un señor que no me acuerdo su nombre.
En inglés, alemán, francés y español nos dimos cuenta de lo necesario que era platicar un tiempo.
Al volver al albergue encontré a otros peregrinos que había rebasado en el Alto del Perdón. Casi que éramos ya amigos por haber sudado por las mismas subidas. A media lavada de dientes me apagaron la luz del albergue.
Por otro lado, a oscuras fue más fácil concentrarme para cagar fuera de casa, que nunca había sido tan sencillo como ahora en que cada gramo extra que cargas, cuenta.

día 2


Puente la Reina . Logroño
Voy contento, recordando tu coño
67 kms


Primera tontería: bañarse en la mañana. El frío es cabrón. El agua caliente dura como cuatro o cinco segundos. El agua fría dura cuatro o cinco segundos más. La mañana está a ocho grados.
A la luz del amanecer la iglesia templaria de Puente la Reina muestra otros símbolos que después se volverán tan familiares: la vieira, la imagen de santiago como templario en Jerusalen y la cruz templaria. Ayer debía hacer tres etapas y sólo hice una. Tendría que emparejarme.
Unos gallegos que parecían muy duros y muy bien preparados hablaban de etapas de más de 100 kilómetros, cosa que a mi me parecía sensata... hasta ayer que empezó a parecerme “un poco mucho”, como dijera el poeta.
Te alcancé, Eve, como media hora después de salir. Estabas colorada y respirabas con mucho ritmo. Estabas orgullosa de que tu mochila pesaba sólo 6 kilos. La jarana, ¿es como un ukulele? me preguntaste.
Así que adelanté un poco y me te canté esa rolita que dice: no quiero ni volver a oir tu nombre, que al fin y al cabo hablabas tan mal español que la letra te daba igual.
Pasaste sin detenerte, pero tirándome sonrisas. Unos minutos después te volví a rebasar, nos despedimos y nunca más te volví a ver.
Hoy me arrepiento de no haberte pedido tus datos o tomado siquiera una fotografía.
Fue la primera vez que hice conciencia de que todo el tiempo iría conociendo personas y dejándolas atrás, sin una foto ni un email ni nada.
El desayuno fue en Cirauqui, pueblecito construido sobre una loma. El camino atraviesa por un arco, casi secreto, por enmedio del pueblo y sale al otro lado.
Después de Estella, que todo el tiempo se me confundió con Estrella, y que al final no tengo muy presente en la memoria, llegué a la fuente de bodegas Irache, donde en vez de agua mana vino (en horarios de oficina, eso sí). Ahí estuve un buen rato. El vino me desinhibió y ladré todo mi repertorio en lo que me dí gusto en la fuentecita. Al final llené mi bote de agua, con vino.
El camino por Navarra es boscoso. Todo el tiempo me angustió que fuera a llover, porque el camino parece ser impracticable durante lluvias. Muchos columpios con rocas sueltas. Bajadas peligrosas, tanto así que en alguna curva me derrapé y atravesé entre la maleza. Tal vez algo tuvo que ver el vino.
Afortunadamente no dí contra nada duro. Nomás tuve algunos raspones y una llanta rota, pero eso no supe en ese momento, sino hasta el día siguiente por la mañana.
Villamayor de Monjardín también lo tengo muy presente, por una fuente que estaba a la entrada, la Fuente de los Moros, se llama: una construcción muy vieja de algo que sería como una alberca techada, estilo Alí Babá, donde la jarana sonaba bien, aunque fuera yo quien la tocaba y por las ruinas de un castillo. Quise subir a visitarlo, hubiera tardado demasiado.
Al llegar a Los Arcos estaba muy cansado. Le pregunté al hospitalero de un albergue su opinión y el muy maldito me dijo que eran 20 kilometritos de nada. Que me siguiera por el camino hasta Sansol y ahí me dejara de sufrimientos y me subiera a la carretera que al cabo era pequeña y poco transitada.
Esto fue cansadísimo. Cuando me dí cuenta de que estaba baja la llanta ya tenía varios kilómetros culpando a la subida y al cambio de horario.
Según yo tuve que subir y bajar una montaña, aunque todo mundo me juró que ahí era todo llano.
La carretera no era poco transitada. Y con el peso de la mochila es fácil perder el control, así que a la primera oportunidad volví al camino, que para entrar a Logroño es más cómodo (aunque un poco feo). Ya muy cerca, me detuve en casa de Felisa. Higos, agua y amor. Felisa, la legendaria que inició esta tradición local de obsequiar higos a los peregrinos, murió hace poco tiempo. La tarea recayó en su hija, amable, redonda y risueña señora.
Estaba agotado cuando por fin entré a Logroño, pero me obligué a patear la calle. Salí con cámara y ganas a buscar también un sitio bueno para cenar. En todos faltaba por lo menos una hora en servirse la cena. Al final aguanté las ganas de pedir un bocadillo cualquiera, con tal de acomodar mi hambre a los horarios de comida. Valió la pena: Logroño ya es la Rioja. Se come delicioso. Ensalada mixta con palmitos, forrada de queso parmesano. De plato fuerte bacalao. 1 botella de tinto de la casa que sabe muy dulce. Flan y café. Y pan en abundancia. Fue una tortura esperar a que me sirvieran, pero valió la pena. Agotado me fui al albergue y ahí me encontré a Trish, la irlandesa, merendando como si nada en la mesa de al lado. Me confesó que había tomado un autobús.
Me reí, pero por dentro sentí como que ella había hecho trampa. También me sentí yo medio tramposo por abandonar el camino y tomar carretera. Me perdí varios monumentos.
Se me cerraban los ojos cuando en el albergue me volví a encontrar a Jope y a Javi. También conocí a Marcos y a Ramón, pero estaba agotado, así que apenas cruzamos palabras. Musiqué con la jarana su cotorreo como quince minutos y se acabó el tiempo.
Aún así fue difícil dormir en el albergue de Logroño. Otra vez ronquidos e insomnio. Un poco de frío en la noche. Es incómodo dormir con la cangurera secreta puesta, pero por todos lados se advierte que hay ladrones. La cámara duerme bajo la almohada.
A media noche el Javi calló al roncador a base de golpear con una moneda la pata de su cama.

día 3

Logroño . Santo Domingo de la Calzada
¡como te me antojas todo el tiempo, mi adorada!
47 kms


Otra vez la tontería de bañarme en la mañana. Tuvo la ventaja de que aclaro chido mi nariz de los mocos, que aparecieron por la noche. Pero es un choque el frío mañanero.
Los ciclistas siempre somos los últimos en salir del albergue. Este día fui yo el último de los ciclistas en salir y ahí me encontré con el daño en la rueda. Había visto un taller a la entrada, pero no me imaginé que estuviera abierto.
Vini vidi bici, se llamaba. Y sí, estaba abierto. El mecánico era de lo más veloz que he visto; reparó a mi Zufridora en menos de diez minutos. Además le ajustó los frenos y engrasó la cadena. Comentó de mi llanta que nunca había visto una tan usada.
Los 33 euros se transforman en más de 600 pesos, lo cual es un escándalo por una llanta rota. Me dió un poco de bajón. Cuando estaba a punto de salir aparecieron otros bicigrinos que se llevaron una caja entera de gel energético y se detuvieron a mirar mi bicicleta. Nunca habían visto esa marca, alu-bike. Ambos la cargaron y midieron la distancia del asiento al manubrio y cómo giran las ruedas y al final me chulearon a la Zufridora.
El mecánico me recomendó detenerme en San Juan de Ortega. Nadie se detiene ahí, todo el mundo tiene prisa por llegar a Burgos, me dijo.
Ya veremos, me dije yo. La noche anterior me dijeron los bici compas que en Burgos había un albergue nuevo que parecía hotel. Lavandería, internet, todo nuevo y elegante.

La salida de Logroño le levanta la moral a cualquiera. Se sale por unos parques muy hermosos, La Grajera. Y aunque es una subida como de 15 kilómetros, no es muy empinada, salvo por algunos momentos, y el camino es mucho más transitable.
Buena parte transcurre sobre asfalto.
Rebasaba a Javi y luego él me rebasaba. También a Jope un par de veces lo pasé y luego él me pasó. Me encontré a los gallegos almorzando en una loma y tomé nota mental de cargar algo de comida por si hallo lugares así de monumentales para echar un taco o una torta.
El monumento a Roldán que está a la entrada de Nájera me desilusionó como el arco ese de Pamplona, reconstruidos en el 2003. Todos los demás monumentos son de hace cientos de años, así que este, de diez años, no tiene mucho que ofrecer. Además, ni siquiera conozco bien la leyenda.
La Rioja es llana, pero de subida. Tuve a mi favor la nueva llanta. Con ella podía hacer mucha más fuerza en los pedales sin patinar.
En algún pueblo me encontré a uno de los gallegos reparando la parrilla de su cleta. El peso de las alforjas las había vencido así que iba con la llanta trasera un poco frenada. Le presté mis herramientas para que apretara lo más posible, pero no había más remedio que pedalear así hasta el taller más próximo.
Sin alcanzar la meta de los 60 kilómetros en Santo Domingo de la Calzada me ganó el hambre.
El albergue tiene mil años recibiendo peregrinos. Se siente raro dormir en un lugar tan viejo. El piso es de madera y mis piés no sufren frío.
Llegué al mismo tiempo que una camioneta de la Guardia Civil que traía a un peregrino con una tendinitis tan extrema, que no había podido dar ni un sólo paso más. Creo que se llamaba Guillermo. Joven, greñudo, flaco, con cara de dolor.
La vuelta por Santo Domingo fue gozosa. 50 kilómetros me parecieron pocos, esta vez, pero no quise cansarme otra vez tanto como cuando llegué a Logroño. Este día, el tercero en el camino, me propuse llegar a los albergues con energía suficiente para conocer un poco a pie.

Por 1.50 me dejaron subir a la torre de la catedral. Me tocaron los campanazos de las seis de la tarde. Revisé todo el pueblito desde lo alto, incluyendo las montañas nevadas a lo lejos.
La cena fue de lo mejor: cuando volví a albergue ya habían llegado varios “bicigrinos”: Jope y Javi, los catalanes de quienes ya he hablado. Jope tuvo un accidente en una de las bajadas y tenía la nariz apachurrada. Estaban también Alfredo y Arturo, vascos de Vittoria, que llegaron además con un vinito, y Marcos y Ramón, maños, de huesca, rastas y piercing, happy punks, que además traían fumadera. De la que me gusta, pensé, pero no.
Traían de otra que también me gustó.
Conversamos cosas del camino y de nuestros orígenes, bebimos y fumamos. Marcos y Ramón tenían prisa porque tenían que volver al trabajo. Pensaban hacer el camino en siete días, pero no tenían una agenda definida. Habían parado en Santo Domingo a descansar porque les parecía bonito, pero hablaban de que en adelante le meterían pierna. Ellos ya tenían quinientos kilómetros para entonces. Alfredo y Arturo aunque tampoco parecían tener prisa, también hablaban de llegar a Santiago el día 10 u 11.
Yo tenía que llegar a Santiago el 15, así que supuse no nos veríamos más. 
A todos les parecía muy gracioso que viajara con la jarana. Fue la primera cena colectiva. Vegetariana, porque cocinó Ramón. Espárragos nadando en aceite de oliva. No sólo fue exquisito, sino que comprendí de dónde sacan las calorías los ciclistas españoles.
Hay una enorme diferencia entre quienes hacen el camino sin hablar español. Cantidad de alemanes, franceses, italianos, ingleses. Incluso varios gringos. Nunca me imaginé que iba a practicar tanto mi inglés al viajar por España. Ahí, compartíamos la mesa con un italiano que tardó horas en preparar un espagueti carbonara y que caía gordo, la verdad, porque trataba de comunicarse en inglés.
Había también algunas rucas inglesas completamente metidas en la mística del camino, que me cayeron bien tal vez porque después del vinito y del humito estaba de muy buen humor. Una peregrina comentaba que nuestra comida vegetariana era más sana que su spaguetti a la carbonara. A mi me cayó bien, pero Marcos parecía ofendido. Hablaba de como las señoras inglesas suelen ser muy prejuiciosas, pero ella no entendió. En cambio nos ofreció más vino. Nosotros le ofrecimos espárragos fritos.
También hubo papas y pimientos, y huevos, todo nadando en aceite de oliva.
A mitad de la comida llegó el gallego que había dejado atrás reparando la parrilla de su bicicleta. Se veía reventado. No habló mucho. Preparó una baguette con jamón y se sintió muy agradecido cuando vió que Marcos sin protestar recogía el desmadre que había dejado el italiano mamón.
Al final de la comida el gallego convidó fresas. Exótica costumbre española de comer la fruta de postre.
Cuando íbamos a la cama, unas chicas de Ibiza me pidieron unas canciones.
Ya era tarde así que canté bajito y no se dieron cuenta de lo feo que canto.
En la noche tuve que ir a hacer pipí y al regresar que me pierdo y que me confundo de cama. Sin incidentes que lamentar o agradecer: me metí en una cama que no estaba ocupada.
Fue la última vez que olvidé salir sin linterna.

día 4

Santo Domingo de la Calzada . San Juan de Ortega
Estar lejos de tí, qué duro me pega.
46 kms


Me aparté del camino para desayunar. Así pude disfrutar por un momento el asfalto de las calles transitadas.
El primer desayuno de la mañana era muy parco: croissant con mermelada, café aguado con leche. Por eso era necesario hacer un segundo o hasta tercer desayuno.
Hacía algo de frío, pero menos que en Pamplona. Como que fuera entrando la primavera y cada vez el tiempo fuera más cálido. Se veían las montañas nevadas a lo lejos.
Tuve algo de tristeza o nostalgia de que el pequeño grupo cletero se disolviera. Creí que no volvería a ver a ninguno.
Sin embargo al pie de una loma donde estaba tomando aire volví a coincidir con Alfredo y con Arturo.
Toda la mañana tuve en la cabeza a Hemingway. Las historias de forajidos y de republicanos guerrilleros, todo el camino para arriba por los Montes de Oca, por una subida muy empinada que se llama el Alto la Pedraja y donde sentí que ya estaba otra vez en control de mi cuerpo. Serán como tres kilómetros bastante empinados. En particular, los últimos 600 metros, que son de plano una pared de tierra suelta. De modo que no se pueden apretar demasiado los pedales porque se patina la rueda trasera. Hay que mantener una velocidad, como tractor.
Subí de un tirón, sin bajar los pies al piso. Claro que me goteaba sudor por la punta de la nariz y me quedé por completo sin aliento.
Ahí, en lo más alto del cerro, está el monumento a los caídos durante la guerra civil. La frase dice: no fue inútil su muerte; fue inútil su fusilamiento.
Se me juntó la soledad de estar en lo alto del monte a diez mil kilómetros de casa, con el lejano pasado de la Abuela Pepa y León Felipe, con escenas de la novela de Heminghway y con el futuro de la resistencia global.
Fue un momento muy importante para mi viaje personal. Después intenté compartirlo, pero tal vez la frase no es tan clara como yo pensé. A nadie le ha parecido tan importante. Ahora pienso que fue para mi una de esas respuestas del camino, que te encuentras sin querer, sin saber que se te habían perdido. No fue inútil su muerte, decía la frase, que anoté en la nueva libreta como principio de las notas de aquella plática sobre las poéticas de la resistencia, casi como deseo.
Un día antes, mientras conversábamos con los otros ciclistas, alguno de ellos empezó a hablar de las señales del camino, marcadas por los milagros, los actos de fé. Me hizo ver que gracias a que mi bici se había perdido, me había salvado de una nevada en Roncesvalles, donde además murió una peregrina coreana, según nos enteró el chismerío en el albergue, y que gracias a perder el medidor de kilómetros, ahora tenía más tiempo para mirar el espectáculo a nuestro alrededor.
Así que me decidí a seguir señales.
Y una muy clara fue aquella que dijo el señor de las bicicletas, de que la onda era parar en San Juan de Ortega, por bonito.
Y entonces ahí me detuve, en el albergue parroquial, en el Monasterio de San Juan de Ortega. Los ojazos de la hospitalera también se volvieron comunes personajes en la charla de los peregrinos desde ese día. Me parece que todos lo notaron, así como la sopa de ajo, también famosa en el Camino por cierto antiguo hospitalero que la volvió tradicional. Ahora la sopita la despachan la hospitalera de los ojazos y un amigo.
Dejé las maletas y salté a la carretera a buscar en Atapuerca los vestigios del hombre de las cavernas.
Te puedo decir que me sentí un poco mal: un poco fuera de lugar. Llegué al pueblucho después de bastante pedaleo. Bastante más del que yo hubiera creído. Los quince kilometritos, pues al regreso se vuelven treinta.
Y por el asfalto no se sienten ... los primeros cinco. Después ya todo es sudar.
Pero además, al llegar al sitio, estacioné la bici y para arriba, a un camión de pasajeros que tenía el aire acondicionado a tope. De inmediato sentí claustrofobia. El viaje de quince minutos me pareció eterno.
Ahora, cuando recuerdo la explicación, me parece muy interesante. Entonces estaba desesperado, quería ir a cenar, revisar que la cadena de la Zufridora tuviera su aceitito, volver a tiempo para ver los ojazos de la hospitalera y probar la sopita de ajo que el hospitalero había prometido.
Me pareció eterno.
Sobre todo, en algún punto descubrí que se me había perdido la buff verde, con la que me cubría la cabeza del frío, al descubrirme la cabeza para entrar a una iglesia antigua.
Más prisa me dió por volver al camino.
Ahora me alegro de haber ido a Atapuerca.
El camino de regreso fue zigzagueante porque esperaba recuperar mi buff verde. Fantasías, no apareció.
Llegué tarde para ojazos y sopita. Apenas pude merendar en un bar, un par de chupitos que me invitaron por ser mexicano y traer jarana. Ensalada mixta. Lomo. Después para llevar un bocatta de huevo. Lo mastiqué mirando como se anochecía, cerca de la puerta del albergue donde pudiera vigilar que no me cerraran la puerta y entonces hice conciencia de que por acá la gente no come mucho en la calle.
Lo extrañaba.
Los extrañé también a ustedes, compi – ciclistas que se habían prometido llegar a Burgos y que en efecto, allá estaban. Lo supe luego; al día siguente era domingo de ramos, así que esa noche era fiesta pagana total en la ciudad. Y ustedes, amigos del pedal, se dieron algo de oportunidad para divertirse, pero no tanta como Xoan, peregrino de los de a pie del que hablaré más tarde, que esa noche se escapó del albergue de peregrinos después de las diez de la noche porque bloqueó el cerrojo de la puerta con cinta adhesiva y que volvió a las seis de la mañana, apestoso a vino, a despertar a Arturo porque creyó que se había acostado en su cama. Javi, siempre conciliador, ayudaste a guiarlo a su cama al otro extremo del dormitorio. Todo esto me contaron después.
También ese día, me parece, Sergio salió de Vittoria por el camino vasco, que entronca con el camino francés en Villafría.
Yo pasé la noche mal. Un señor roncó como montaña y yo tuve mocos. Me quité la cangurera secreta y la puse debajo de mi almohada. Por la madrugada me despertó el sonido de algo que se caía que, obviamente era la cangurera.
Traté de apartar el asunto de mi mente pero no pude .
Por fin bajé a buscar debajo de la cama. Cuando me levanté, el roncador que estaba en la litera de al lado y que era el esposo de la señora que dormía debajo de mí, se levantó y tuvimos un diálogo muy gracioso: ¿que pasa?, preguntó con tono de alarma. Tiré mi cangurera, dije. ¿Te tiraste a quién?,. aumentó la alarma. Mi bolsa se me cayó. Ah, vaya, menos mal.
Se dió la vuelta y retomó el ronquido como si nada.

día 5



San Juan de Ortega . Burgos
suspiro y tiemblo al pensar en algunos asuntos curvos
29.3 kms en domingo de ramos


Fue la última vez que me bañé en la mañana. Cuando salí estábamos como 5°. Creo que sólo yo me quejaba del frío. Fui el último en salir del albergue. También era el único ciclista. Muy pronto rebasé a los peregrinos de a pie y no pude ver entre ellos al Roncador y su señora y me di cuenta que tenía un par de días sin hablar con nadie más allá de lo estrictamente necesario.
La niebla en el bosque de la sierra de Atapuerca era muy cerrada. El camino de subida y con rocas sueltas pero muy grandes y muy temprano en la mañana.
En algún punto se pierde el sendero y no hay más señales. Unos pasos más adelante aparece entre la neblina una cruz con una montañita de piedras debajo. Me percaté entonces de esta otra señal: los montoncitos de piedra. Cuando una señal te es útil, tratas de marcarla con una piedra.
Poco más adelante entre la neblina, una instalación colectiva impresionante: un espiral de rocas como de 6m. de diámetro, que se ve de lo más misterioso entre la neblina. Claro que me detuve a poner rocas por todos los amigos y para cada una de mis novias.
Me tardé un tiempo.
Atravesé otra vez algunos pueblillos que había cruzado la tarde anterior, pero esta vez por la carretera: Agés, con una arquitectura exepcional, un alivio que la belleza sea para la gente que ahí vive y no para atesorar reliquias dentro de catedrales e iglesias.
En Orbaneja me equivoqué de camino porque malinterpreté una flecha. No fue tan grave, un par de kilómetros, nada más.
En Villafría me detuve a desayunar. Estaba ansioso por conocer a alguien, pero acá no parecía haber gente muy dispuesta. Incluso un señor hablaba de lo bueno que sería poder dejar el trabajo para andar de peregrino.
Lo decía con gran desprecio, como si quisiera ofenderme, pero yo estaba de acuerdo con él: es una lástima que no todos puedan hacerlo.
La entrada a Burgos es contrastante con el ambiente mágico anterior. Entras por la zona industrial. Polígonos industriales los llaman. Como era domingo de ramos estaba todo vacío. Sólo fue aburrido. Hartos kilómetros en los que yo dudaba si seguir las señales que me mandaban por la banqueta, o subirme a la calle y seguirlas desde un lugar donde no fuera a atropellar a alguien.
Me decidí por esto último. En algún momento ví un carril – bici y tras un leve titubeo, abandoné las flechas amarillas por la ciclopista de Burgos.
Me parece que fue muy buena idea. Al fin y al cabo todo pasa por la catedral de Burgos.
Mientras retrataba una iglesia a las afueras de Burgos, una abuelita se acercó muy amable para animarme a que fuera a recoger mi ramo. Me pareció un poco descortés hablarle de mi ateísmo, así que dije lo primero que pensé, la peor de las escusas. No tengo donde poner la bici, dije. Yo te la detengo, hijo. Y no tuve de otra más que entrar a la iglesia donde los niños ofrecían los ramos, pero cuando me vieron se lanzaron sobre de mí, peleando, ¡yo le doy al peregrino! ¡yo le doy al peregrino!
Le acepté el ramo de romero a la niña que más se parecía a m'ija, la verdad. Fui un poco rudo con el chico que llegó primero. Ni modo. No puedo evitar el prejuicio. El niño en vez de sacarse de onda con el maltrato me pide algo a cambio: canta una canción para niños. Les asombra que lo haga: un cuento de hadas del chava flores, que habla de un rey muy pobre, que en la traducción gana 30 míseros euros al mes y que termina diciendo, yo por eso no quiero ser rey, en un pais donde hablar mal del rey es ilegal.
Todo en la puerta de una iglesia, el domingo de ramos.
Sin embargo, el grupo de niños se multiplicó en cuanto desenfundé a La Peregrina, que es el nombre de la jarana.
A todo el mundo le dio risa.
Todo ese tiempo estuvo la abuelita risueña deteniendo mi bicicleta.
Señales: el ramito de romero en el manubrio de mi bicicleta es un pasaporte.
Me topé con un grupete de anarcos que me veían con cara de: la religión es el opio de los pueblos. Me daban ganas de decirles en susurros, tranqui, compañero, que soy un agente de la revolución encubierto penetrando sus instituciones principales.
En cambio de eso las señoras más guapas, los propietarios de las tiendas, los niños en el parque, los viejos retirados me sonreían. En casi todas partes me pedía un trago y me regalaban otro. Compraba algo y algo me regalaban.
Llegué al albergue y estaba cerrado. Así que me fui a buscar la plaza más chula y ahí saqué pan y queso para el almuerzo. Manzanas y naranjas para evitar la gripa que hasta ahora nada más se presentaba por la noche.
Que aproveche me deseaban los que pasaban por ahí.
Es extraño que la derecha bien vestida me mire con aprobación. Y eso que ya tengo cinco días pedaleando por el monte.
Abrieron el albergue como las tres de la tarde. Yo tenía ganas de recorrer esta ciudad. En mis planes, los que extravié junto con mi primera libreta de viaje, había contado con quedarme un día entero en Burgos. Además traía toda la ropa sucia y los bici – amigos me habían recomendado ese albergue. Parece un hotel, me dijeron.
Señales.
Estuvo bueno llegar tan temprano porque con toda calma diseñé una rutina. Primero estacionar la bici, amarrarla y descargarla. Pasar lista a todos los paquetes: naranja, blanco, rojo, azul y amarillo. Jarana, dos cangureras, cámara de fotos.
Luego buscar cama: mejor al fondo, en la litera de abajo, junto a la calefacción. Y ponerle encima la cobijita de tela polar para que quede claro que esa es la tuya, esconder la cangurera grande y la cámara fotográfica en lo más profundo de la maleta, y a la regadera con todo y cangurera secreta y ropa limpia para vestirse en el baño, que los primeros en llegar son los que se acaban el agua caliente.
El albergue de Burgos tenía lockers con llave, donde dejabas de depósito un euro, así que por primera vez en cinco días me pude quitar la cangurera secreta.
El siguiente paso, ya vestido y peinado, a la lavandería.
Mientras la ropa se lava, al internet, donde dí otras señales de vida.
Olvidé el número telefónico de mi casa. ¿Que extraño, no? Digo, es natural que se te olvide porque rara vez te llamas llamas a tí mismo.
Además en este mundo de teléfonos celulares y agendas digitales poco a poco dejas de memorizar secuencias numéricas así que te llamas a CASA no al número tal.
Y por otro lado tanto concentrarse en el ahora mismo, este bache, este árbol, todas las señales del cuerpo, ¿tengo hambre?, ¿tengo sed?, ¿me duele algo? hicieron que mi vida cotidiana pareciera cosa de otro planeta.
Tanto que olvidé el teléfono de la casa.
Me puse a escribir en el blog algunas notas que tal vez habrán leído y después, más tranquilo, volvió mi memoria y pude llamarle a mi novia más principal. Nada más energetizante recibir porras de casa y saber que habían estado “con el jesús en la boca” por el extravío de la bici y el derrapón, y por la falta de noticias.
El bajón: que no atiné a la hora correcta y no pude hablar con mi hija.
En fin que es importante, en los albergues te lo recuerdan letreritos: llamarás a tu padre y a tu madre, avisarás en casa donde duermes.
Está bien, porque entre tanto bosquecillo como para cuento de hadas, tanta llanura con historias del Cid regando con sangre los campos que ahora producen vinitos tan sabrosos, fácilmente te olvidas del mundo ese de donde vienes.
Después viene el asunto ese que siempre ha preocupado a la humanidad en todas las épocas: ¿dónde colgamos los trapitos a que se sequen? Como aún es temprano, alcancé un espacio en un tendedero al sol. Los tendederos son estructuras como de andamio, o de burro para planchar, como mesitas que en vez de cubiertas tienen cuerdas para colgar la ropa. Y se mueven para buscar el sol o esquivar la lluvia, según.
Después me fui con mi bicicleta a recorrer un pedazo de esta ciudad que es en verdad espectacular. Un carril bici me llevó por la ribera del rio Arlanzon. He visto fotografías de este lugar en invierno que parece ser más espectacular. Yo lo que ví fue hermoso, todo verde de primavera. Tiene un tipo de playita el río Arlanzón donde los niños nadan. Yo metí mis patitas y se me congelaron inmediatamente.
Volví por otro lado, hasta buscar otro río que atraviesa burgos por el norte. Subí un cerro hasta el castillo de Burgos donde pude tomar otras panorámicas de la ciudad. Y la bajada fue muy interesante porque se mezclan el románico medieval tipo fortaleza, de bloques de piedra resistentes, al gótico, con sus aguas y puntas, todo abigarrado. Calles angostas y con edificios de dos o tres pisos para que no veas a la catedral hasta que estas debajo de ella y la veas en todo su esplendor sintiéndote tu muy poca cosa. Esa manera de hacer efectos especiales en la antiguedad se aprecia muy bien en el camino de bajada.
Volví al albergue a guardar la ropa que había dejado en el tendedero. Casi estaba seca por completo. Sólo unos calcetines tuve que colgar en la ventana. Recordé la mala noche que había pasado en San Juan así que me decidí a ir a una farmacia a comprar tapones de oídos. En el camino ví que vendían un vino muy bueno en 4 euros. También me dí cuenta de que tenía un dolorcillo en la rodilla y se me ocurrió que me hacía falta calcio así que me compré un litro de leche. Pensé que el vino además, podría atraer algunos amigos para conversar. Lo que atrajo de inmediato a un grupo de peregrinos fue la combinación de vino con leche.
¿Es una cosa mexicana, me preguntaron?
No, les confesé, cosa mía de tratar a mi cuerpo como una máquina que necesita leche para los huesos y vino para dormir aunque ustedes ronquen. 
Cayó en gracia y pude platicar un rato.
El hospitalero, en algún punto se acercó a pedir que alguien le ayudara con un inglés y yo me ofrecí. Así que le caí bien. Se veía agotado el tipo. Gallego, por cierto.
Apareció también el peregrino aquel que había llegado en una camioneta a Santo Domingo. Greñudo, flaco, no me acuerdo de tu nombre. Guillermo, tal vez.
El doctor te había ordenado reposo y como no querías perder a tu pequeña tribu, habías adelantado cien kilómetros en autobús para esperarlos acá, en Burgos. Me dio mucho gusto compartir mi comida contigo, peregrino, que no podías salir a la calle y que estabas muerto de hambre y de vergüenza porque es difícil pedir ayuda.
Es más fácil ayudar a alguien.
En cambio, Alayne, una señora inglesa, sin ningún recato me preguntó si tenía algo para el dolor de rodillas.
No sólo le convidé de mi árnica sino que me ofrecí a ponérsela. Not necessary, me dijo, pero me lo agradeció muchísimo.
Dormí pensando en las cosas que buscan los peregrinos.
Esa noché soñé con el arca de Noé y las parejas de todo tipo. Por ahí estaba mi amiga S.B. perdida en las maromas de la vida, por haberme enemistado con sus papás. Un sueño agitado y angustioso.
Pendientes de la vida que te pican las orejas cuando tratas de dormir.

día 6

Burgos . Villalcazar de Sirga / Villasirga
estar sin tus besos es una chinga.
77.5 kms


Cuando me desperté me sentía como nuevo. Sin bañarme logré salir mucho más temprano. La salida de Burgos es mucho más amable que la entrada aunque hay que buscar la ruta, porque el camino va por escaleras y puentes peatonales. Se notaba que era lunes: el tráfico bastante tupido, aunque nada amenazante para un ciclista chilango. Me daba miedo faltar a una regla de cortesía y ofender a alguien, pero no sentí temor a que me atropellaran.
El primer desayuno fue en un cafecito a la salida de la ciudad donde me encontré a Alayne de nuevo. Había hecho trampa: tomó un autobús. Ella me contó de los Valencianos que se había encontrado 10 días antes, en Pamplona. Un grupo grande de ciclistas, que traían cestas de mimbre en sus bicicletas y cargaban computadoras portátiles y cámaras de video. Cajas de fruta, contaba Alayne horrorizada. En cada lugar que encuentran bonito se detienen y sacan su fruta y se toman fotos y no les importa si hacen diez kilómetros o treinta.
Al principio Alayne sintió coraje de que ellos no sufrieran y no estuvieran haciendo el camino en serio, pero ahora los imitaba. Cuando estaba muy cansada se metía a un hotel o tomaba un autobús. Para mi no es una cuestión deportiva, ni religiosa. Sólo soy una turista, me dijo.
No hacía falta que lo dijera, que de inmediato se le notaba.
La subida para llegar a Castrojeriz es pesada y con mal piso. Con paisajes impresionantes, por supuesto. Yo traté de bajarle un poco a la desesperación de retratarlo todo, porque de plano todo era diferente, digno de fotografiar: la subida muy larga pero poco empinada, porque todo es como un llano pero de subida.
Por eso que le llaman Altiplano.
A cada rato me paraba a revisar si no venía una llanta ponchada, que no podía avanzar. Recto, por algo que le dicen así al culo. Recto. Por campos donde aún no germina nada porque la primavera aún está fresca.
Mucha piedra suelta, como para que no levantes la mirada.
Eso es algo que los peregrinos de a bicicleta ven diferente que los de a pie. Para mi era fotográfico. Volteaba un momento y miraba y otra vez los ojos al camino. La subida me permitía más ver a mi alrededor. Más cansada, pero menos peligrosa.
A la bajada: las manos en el manubrio y los ojos al camino. Por si las dudas el casco en la frente.
En Castrojeriz compré un pedazo de morcilla típica del lugar que me gustó mucho. Para que sepas, es moronga. Parece que lo que no es muy típico es comérsela así nomás, porque siempre que la ofrecí todos me miraban con extrañeza.
Ya había leído de la subida de Castrojeriz y pensé que estaba hecha y que era sólo una exageración más. Eso porque Castrojeriz está al pie de una loma que tapa el Alto de Mostelares que, no es por presumir, pero es una subida muy respetable: serán como ciento cincuenta metros de altura, repartidos en un kilómetro o kilómetro y medio.
Además sobre piso de tierra que tiene de especial que no puedes acelerar porque te patinas, como con el coche. Tienes que mantener un pasito.
Antes del Alto me quité la ropa hasta quedar en lycras y playera de cleto. Colgué lo más que pude en la zufridora y me acordé de Alayne diciendo que no era deportivo el asunto. Y me dije, ah caray, porqué no y lo subí todo de un jalón, sin bajar la patita.

Me dio mucha emoción. Llegué hasta arriba gritando cosas para mi mismo y para la Zufridora. La levanté cuando llegué a la cima. Me dio mucho orgullo de mi mismo.
No había nadie a mi alrededor. Abajo, a lo lejos ví que venía un grupo de ciclistas y me decidí a esperarlos para poder echarles porras, porque siempre da gusto presumirle a alguien.
Pero sólo uno subió de un golpe y no traía maletas así que no cuenta.
Los demás o se detuvieron a la mitad a tomar aire, o llegaron empujando sus bicicletas.
Yo de todas formas les eché sus porras a todos, porque de verdad que está empinado.
Uno de esos fue Sergio. Ahí cruzamos palabras de apoyo por primera vez. El llegaba cuando yo ya estaba equipado y listo para arrancar porque desde lo alto se veían unas nubes lluviosas. Y como todo lo que sube tiene que bajar me apresuré no fuera a bajar con lodo y lluvia.
Y tuve razón porque la bajada es más dura, cómo no, pero de lluvia apenas unas gotitas.
Después de eso siguió el llano hipnótico. La recta total, al lado de una carretera. Se terminó la provincia de Burgos y comenzó la de Palencia, pero la verdad no noté ningún cambio en la geografía.

En algún lugar del camino me encontré unos guantes tirados. Sin dudarlo los levanté y de ahí en adelante me detuve con todos los peregrinos que me encontré a preguntarles si eran suyos los guantes. Todos me lo agradecieron mucho, pero un par de horas más tarde seguía sin hallar a la dueña, o al afeminado que usara los guantes rosita.
En Boadilla del Camino, cuando me detuve a rellenar mi bote de agua en una fuente, se me acercó un tipo a preguntarme si lo que traía a la espalda era una guitarra pequeña. Apenas me lo habían preguntado unas mil veces, así que quise ser espontaneo: Se llama jarana, es un instrumento típico de Veracruz, allá en México. Ni bien abrí la boca me dijo, si cantas una canción yo te invito a un vino y me llevó a su albergue.
Señales.
Mientras íbamos hacia el albergue me dijo que tenía que escuchar mi cuerpo, para saber cuándo era momento de detenerse a descansar un momento. Llegaban a su albergue muchos peregrinos sólo a buscar el sello. Él ya había instalado una política: sólo se sellará después de que hayas colocado tu mochila en el suelo y cuando estés sentado.
Un poco te chantajeaba para que compraras un trago ya que te habías sentado en su albergue/bar privado, pero por otro lado el precio era justo, su jardín confortable y tenía razón en que el descanso era necesario.
Me dio el vino, me eché una rola sobre un ladrón de bicicletas. Esto le dió emoción al amigo, que para más señales es vasco y tiene una novia con una sonrisa preciosa a la que le dice Putzu.
Después del vino que me invitó yo me compré uno. El salió al camino a gritarle a un peregrino que llenaba su bote: peregrino, cuando te canses del agua yo tengo vino.
Volvió pronto con un grupete de peregrinos. Entre ellos Sergio. Todavía no lo conocía de nombre.
Después del trago que yo pedí, la Putzu me invitó un orujo blanco. Fue el primero que probé. Me encantó y me colocó de inmediato en plena borrachera. Al grado que me canté otra canción sin que nadie me la pidiera y a la mitad fingí que se me olvidaba para mejor echar a hablar sobre mis novias y disfrazar alguno de mis poemas de conversación casual.
Cuando me dí cuenta Sergio ya se había adelantado. Apenas eran las tres de la tarde, demasiado temprano para detenerme. De lo contrario me hubiera quedado a dormir ahí.
Todo el tiempo yéndome, como agua de río. Con ganas de estancarme por todos lados, de mojar todas las cosas. Pero nada, como agua, te vas, me voy. Nos lleva la gravedad, la inercia, la fé, tu agenda o quién sabe qué fuerza me lleva, que no puedo quedarme y me voy acostumbrando al suave dolorcito de dejar inexplorada tanta sonrisa dulce.
Atravesé Fromista sin darme cuenta. Ahora no recuerdo detalles.
Lo que sí recuerdo perfectamente es que cantaba a todo pulmón y zigzagueaba peligrosamente por esa larga recta de subida.
Tal vez por el vino y el orujo.
Tal vez por la sonrisa de la Putzu.
Quería hacer los 19 kilómetros hasta Carrión de los Condes en una hora, o sea que calculé llegar al albergue de Carrión a las 5 de la tarde a más tardar.
Pero a los quince minutos empezó a soplar el viento. Una hora después me seguían faltando 12 kilómetros. Pero el viento aumentó; se notaba en los molinos de viento lejanos que cada vez giraban más deprisa.
A las siete de la noche, cuando todavía me faltaban 8 kilómetros me dije, bueno, ya estuvo suave, y me paré en un albergue.
Era Villalcázar de Sirga o Villasirga. Según a quién le preguntes.
Aquí aprendí que los albergues parroquiales eran mejores que los municipales en muchos aspectos. Económicos, porque son de cooperación voluntaria con el lema, pon lo que puedas y toma lo que necesites. No confesaré aquí lo poco que ponía, pero en cambio pagaba con algo de chamba colectiva.
Llegando me recibió Tom, el hospitalero voluntario que junto con Dave se tomaban muy en serio su papel de hospitaleros.
Encantadores personajes. Seguro algún día los volveré a ver.
Ese era su último día en ese albergue. Te recibían a tí, Yolanda, porque ese era tu primer día de jefa, la nueva hospitalera voluntaria del albergue de Villasirga.
Estaba tan hambriento y tan cansado que no hice caso de la recomendación de ver la procesión en Carrión de los Condes. Me costó trabajo pero seguí el plan de rutina. Estacionar bici, tomar cama. Bañarse. Acá era un sistema más cómodo: por 1 euro te daban 10 minutos de agua caliente. El agua fría era gratis.
Los 10 minutos de agua caliente me parecieron un lujo. Hubiera estado de acuerdo en que todos los albergues funcionaran con ese concepto.
Comí conejo en uno de los restaurantes vecinos. Estaba delicioso. También sopa de verdura y postre. Vino y pan. Había una niña rusa jugando con su madre que me hicieron sentir una profunda tristeza por estar lejos de mi hija.
Después de comer dí vueltas por el pueblito, que tiene una iglesia/fortaleza templaria: Santa María la Blanca.
Ahí están situadas algunas de las Cántigas de Alfonso X que pasamos en aquel programa de radio, mis queridos lenguolos. Y pues yo caminé tocando la jarana. Sin cantar ni nada.
Extrañando también el cafecito y la cerveza mexicanos.
Haciendo ruido en un lugar donde la gente no acostumbra salir a la calle, tal vez por el frío que sin embargo no me molesta con el chaleco de pola, el rompevientos y la buff café hasta las orejas como gorro.
Un niño se acercó a decirme que le gustaba mi manera de tocar.
Pobre, qué malos gustos.
En la noche hubo oportunidad de compartir un café y algunas historias con los demás peregrinos y los hospitaleros nuevos y viejos.
Antes de dormir, ya con pijama, me acercaste tu sonrisa, Yolanda. Saltaron chispas entre nosotros cuando me pediste que te dijera poemas. ¿Las sentiste? Yo jugué con la idea de quedarme a explorarte un poco más.
Por primera vez dormí de un tirón toda la noche, apenas apagaron la luz. Después, comparando las credenciales, supe que esa noche Jope y Javi durmieron en el Burgo Ranero, sólo una étapa más adelante de mí. Fue ese día, querido Javi, que te perdiste en una recta.

día 7



Villalcazar de Sirga – El Burgo Ranero
¡Ay, mi corazón, cuánto te quiero!
60.5 kms


Yolanda en su primer día de hospitalera hizo para el desayuno tostadas de pan con mermelada. En el desayuno dije algunos poemas en compañía de los peregrinos que ahí se habían quedado.
Tom y Dale me regalaron un pin de la bandera de Canadá y me pidieron que los visitara en el Albergue Parroquial de Foncebadón.
Señales.
Los cinco kilómetros a Carrión de los Condes se hacen en un parpadeo cuando no hay viento.
Después viene una de las partes que más trabajo me costó, los restos de la Vía Aquitania, una antigua calzada romana, que demuestra sin duda que los romanos no conocían las bicicletas. Una recta de 18 kms, con una leve pendiente de subida, con rocas grandes y sueltas. Tuve que ir muy despacio. Casi dos horas brincando. Se hace eterno. La verdad que sentí mucha pena por los peregrinos de a pie. Se me hace que es una parte que sufren mucho por la mala condicion del suelo.














El premio: la vista del horizonte que tanto sacude al chilango, acostumbrado a ver otra pared a menos de 3 metros. Acá todo cielo que cambia muy aprisa. La iluminación y los colores cambian todo el tiempo.
Por más que intento no hay forma de retratar la amplitud del llano.
No es que sea monótono, siento que el cielo no tiene fondo.
Me da como agorafobia.
No hay sombra ni fuentes para rellenar el bote.
En algún momento me quedé sin aire y me detuve a cantar y llegaron tres tipos al principio muy amables, preguntando sobre la jarana. Me preguntaron si se las quería vender. Luego dijeron que no tenían dinero, que los habían robado. Que si les daba algo, mis guantes o algo.
No daban miedo, se veían flacos y drogados, más era la molestia de no poder descansar un rato con los tipos como moscas, haciéndose pasar por peregrinos pero estaban por completo fuera de lugar. El disfraz no les quedaba.
Quise comer pichón en Lédigos pero todo estaba cerrado.
En Sahagún me paré a tomar aire. Sellé mi credencial y usé el internet gratuito. Dos ciclistas llegaron agotados. Padre e hijo como de trece o doce años. El padre se veía reventado. El hijo se sentó a mi lado a revisar su correo.
A las afueras de Sahagún un letrero dice que me faltan sólo 315 kilómetros a Santiago. Más de la mitad del camino en menos de la mitad del tiempo. O sea que voy aún con un día de sobra. Empecé a considerar la posibilidad de apurarme un poco para llegar hasta Finisterre (100 kilómetros más). La verdad me dio algo de tristeza pasar de la mitad del kilometraje, como cuando un libro que te apasiona se acerca al final.
Esta etapa recuerdo el concierto de pajaritos de colores, todos distintos a los que por México cantan. Mariposillas que revolotean en torno a la Zufridora.
Más imágenes que recuerdan a mi tocayo, El Cid, destripando Moros.
Las construcciones de adobe reemplazan a las fortalezas. En el camino de pronto una peregrina me pidió que me deetuviera a platicar un momento. Se llamaba Conchis y estaba haciendo el camino como pretexto para estudiar ese tipo de construcción de ladrillo. Creo que se llama Románico - Mudejar o algo así.
Más adelante me detuve a comer y cantar en una ermita y llegó una señora alemana muy contenta porque un año antes había hecho el camino hasta Sahagún, donde una tendinitis aguda la mandó de vuelta a casa.
Este año venía con menos equipaje y más entrenamiento. Para demostrarlo me mostró su cepillo de dientes cortado por la mitad para no tener que cargar el mango. Era su primer día, apenas algunas horas desde Sahagún, pero se sentía en muy buena forma y estaba feliz.
Me di cuenta por contraste de lo espantoso que fue mi primer día en el camino, que para ahora me parecía también muy lejano.
En algún punto del camino tuve que elegir entre ir por la calzada romana o por una recta arbolada al lado de una carretera. Y elegí la recta por cansancio.
La sucesión de arbolitos a cada 9 metros y el ruido que hacían las piedritas sueltas en las llantas de la bici, me producían un trance que en un par de ocasiones casi me sacan del camino.
Este día que empecé a oir voces.
El viento en el oído tantas horas diarias, mezclado con el paliacate que me cubría las orejas y eso de estar a solas conmigo mismo, llego el momento en que empecé a oir voces. De mi familia y de mis amigos. Palabras sueltas y confusas en el viento.
Por supuesto que escuche a mi novia más principal y sus palabras de amor. Risas de mi hija favorita. Silbidos de mis secuaces queridos.
Para espabilarme me subí un par de veces a la carretera.
Burgo Ranero, es decir, pueblo de las ranas. Me detuve por el alto contenido simbólico que tienen las ranas en mi vida. Es un pueblillo muy pequeño que a la salida tiene un estanque lleno de ranas. En mitad de este llano interminable.
Y ahí te conocí, Sergio Bondi, hospitalero italiano, tomando el sol a la puerta de un albergue, en una casa de madera. Leías un libro sobre México cuando llegué, con mi traje ciclista que decía México por todas partes y nos alegró la coincidencia.
Una de las noticias del mundo exterior que habían circulado por el camino fue la de un terremoto en Italia. Me preocupé por tu familia, que estaba bien.
Bondi había trabajado como ingeniero en el de efe, en la Industrial Vallejo, a mitad de los 90's, así que conversamos con mucho gusto sobre tacos de suadero.
Esta parte de España es famosa por su cecina que se prepara de modo muy distinto a la de Yecapixtla. Esta se come cruda y la mejor es de carne de burro. O así me dijeron. Según esto fue de la que yo compré. Estaba deliciosa. Un poco dura, lo cual me hizo preguntarme de qué parte de burro exactamente la hacían y la idea ya no me dejó comer en paz.
Un alemán bastante borracho preguntó por la jarana. Le di toda la explicación y resultó que era otro famoso guitarrista que yo no conozco. Movía su mano derecha con muchísimo ritmo, pero jamás entendió el concepto de las ocho cuerdas afinadas en cinco notas.
Así que no pudo presumir mucho tiempo.
Más tarde apareció una chica alemana, veinteañera, bastante guapa, que se doblaba bajo el peso de su mochila. Era increíble. En todo el viaje no ví otra mochila más grande y pesada que aquella. Traía tienda de campaña, linterna de gasolina, colchoneta inflable, estufa portatil. Unas señoras la encontraron tratando de acampar a las afueras del pueblo y no se lo permitieron. “No hace falta”, le dijeron y no dejaron que la chica explicara que ella quería acampar para demostrarse a sí misma algo, pero como no hablaba fluído español y estaba muy cansada, se dejó llevar.
Una doctora también llegó al anochecer a revisar a los peregrinos. A todos. Aunque yo le juré que no me dolía nada, me miró las rodillas y me desinfectó unos rasguños.
Tal vez lo hacía nomás para verme las piernas.
Un peregrino inglés, entre sus curiosidades, traía un poco de hashish que me compartió.
La chica alemana de la maletota me pidió unas canciones y yo de inmediato arranque a cantarle el cielito lindo. Medio minuto después bajó un ruco de pijama y gorro a decirme gilipollas porque hacía diez minutos que tenía que estar apagada la luz y trataba de dormir.
Fue muy grosero y hubo un conato de bronca que se sosegó de inmediato cuando le hice ver los peligros de decirle palabras que no se entienden a un mexicano más grande y más fuerte. A mi si me quieren insultar, tiene que ser en mexicano porque si no me ofendo.
Sergio Bondi me contó de Zulema, la hospitalera mexicana que estaba de voluntaria en Bercianos del Camino, el pueblillo anterior. Me sugirió ir a visitarla, en nombre de que fuera de casa da mucho gusto hallar paisanos. Es de la misma ciudad que tú, me dice.
Señales.

día 8



Burgo Ranero . Bercianos del Camino . SanMartín del Camino
cómo te necesita mi corazón peregrino.
85 kms.


Sergio Bondi el hospitalero parecía feliz de que fuera a visitar a mi paisana. Al despedirse de mi me regaló una gran barra de chocolate suizo que no sólo sabía muy bien, sino que fue gasolina para el motor de la bici, que soy yo.
En el camino de regreso a Bercianos del Camino para ver a la hospitalera mexicana, me encontré a Sergio, el de Vitoria, y nos paramos a conversar un poco, porque la última vez que me había visto, había sido borracho y cantando canciones en aquel albergue, y se preguntaba cómo y cuánto tiempo después había salido de ahí.
Sergio había dormido en Bercianos. No se porqué estaba yo tan seguro de que nos encontraríamos más adelante, pero me parece que ni siquiera me despedí de él.
Zulema es una señora encantadora, pero con la cual no hubiera conversado ni media palabra si nos hubiéramos conocido en el de efe. Para empezar porque es una señora elegante de la que si me viera llegar de noche, disfrazado de ciclista, seguro que se escondía en su casa.
Creo que si yo la hubiera visto tocar en mi puerta tampoco hubiera salido a abrir.
En cambio, ahí en Bercianos platicamos un rato. Me invitó pan tostado con mermelada y unas galletas caseras riquísimas. Le canté unas canciones de niños. Hicimos una cita para encontrarnos en México y nos reunimos a mirar fotografías y comparar notas de viaje.
Los pueblillos tienen nombres bonitos. Reliegos de las Matas, Mansilla de las Mulas. Hay unas cuevas que se usan como bodegas subterráneas interesantes. Puertas decoradas y todo.
No recuerdo exactamente dónde fue que me volví a encontrar con Sergio, el bicigrino de Vitoria. Tal vez durante el segundo desayuno. Poco a poco te fuiste apareciendo desde el albergue de Burgos y de pronto ya estabas ahí de compañero de viaje.
En mis fotografías apareces por primera vez a la entrada de León pero para entonces ya llevábamos horas pedaleando y platicando.
La entrada a León es de por sí confusa y fea. Pero además nos encontramos a unas personas discutiendo porque una señora borraba unas flechas amarillas y ponía otras nuevas. En su opinión el camino de Santiago debía correr al lado de una supercarretera en vez de ir por el campito. Así se ahorraban algunas subidas, y de paso algunos peregrinos pasaban por su albergue que estaba al lado de la supercarretera.
Señora abusiva que consiguio convencer a varios peregrinos de a pie de no subir las montañas, porque era un camino más sencillo. Nosotros no buscabamos comodidad ni atajos. Señora, le decía Sergio, es que yo podía tomar el autobús a Santiago y no complicarme. Es la complicación lo que busca uno.
Y ya lo creo que es complicada la subidita. Alto del Portillo se llama. Alto y empinado, pero como el camino está asfaltado y mis piernas ya se habían acostumbrado a los columpios no tuve muchos problemas. Incluso subí pensando en eso de la complicación como búsqueda que es para mi una de esas respuestas que te encuentras tirada por la calle antes de encontrarte con la pregunta. ¿Te ha pasado?
Conversando los kilómetros se hicieron más cortos.
En algún momento ya en la ciudad de León abandonamos el camino y entramos a explorar los barrios y las callejuelas.
Un par de ciclistas peregrinos con cara de desvelados platicaron un poco con nosotros. Planeaban llegar a Astorga, que está a 100 kilómetros de León, antes de las 8 de la noche para ver el juego del Barza. 
Eran las 2 de la tarde.
Le propuse a Sergio que abandonaramos la búsqueda de flechas amarillas y sólo por variar, diéramos vuelta donde hubiera una chica guapa. Fue un buen método porque varios lugares interesantes conocimos. Como plan para orientarse resultó bastante mal porque estuvimos dando vueltas sobre nuestro propio eje, hasta que mejor nos sentamos a comer.
¡Cómo pasaron chicas hermosas mientras estábamos sentados comiendo!
Después tomamos unas cañas en algún barecillo del centro, con unas tapitas de morcilla que estaban buenísimas.
Todavía tuvimos tiempo suficiente para pasear por el museo de León.
Otra ventaja de rodar con algún compañero: uno se queda afuera con las bicis y el otro va y ve. Luego cambiemos.
Unos japoneses nos vieron las vieiras en las mochilas y al darse cuenta de que éramos peregrinos nos retrataron como parte del folclor. Supongo que para ellos la diferencia entre español y mexicano debe ser como para mi la diferencia entre chino y coreano.
Más muchachas guapas nos siguieron por toda la salida de León, que fue un alivio porque todo lo demás fue feo. Las señales son terribles.
Los caminos se bifurcan en algún punto que no reconocimos y nos fuimos por el otro camino original, como nos explicó el hospitalero de San Martín del Camino, que no aparece en las guías.
Sin embargo resultó bien. El albergue era nuevo y costaba 3 euros. Ganaba de que ahí mismo te vendían el menú en 9 euros.
Compartimos la mesa con unas señoras catalanas y con un par de chicas italianas. Muy fuertes todas y de muy buen humor. Mejor que el nuestro, que la verdad habíamos gastado más energías de las que habíamos pensado. Todo por buscar un albergue parroquial. Me dormí de inmediato.
A la mañana siguiente me dí cuenta de que Sergio había tenido que usar sus tapones de oídos.

día 9



San Martín del Camino . Foncebadón.
tu recuerdo me moja el calzón.
45 kms en jueves santo.


La compañía de Sergio se volvió natural como si fuéramos amigos de hace mucho tiempo. Desayunamos, acomodamos las bicicletas y seguimos adelante como si ese hubiera sido el plan. Claro como recién conocidos teníamos mucho cuidado en no maltratarnos, es decir, llevar un ritmo cómodo para los dos, que nos permitiera platicar...
Bueno, exagero... creo que yo era el que hablaba. Los que me conocen... saben.
Pero estaba dispuesto a ir al ritmo de cualquiera, con tal de tener quien me escuchara.
Aunque recuerdo que Sergio también me interrumpía. Así supe que era maestro de geografía y que daba cursos a chicos sobre energía alternativa. 
Ya tenía varios días viendo una cordillera nevada al norte. Pero fue ese día que noté como nos habíamos acercado a ella y además noté otra cordillera al sur. ¿La cordillera ibérica, creo que me dijo? Sergio y sus infinitos conocimientos sobre la geografía de la península ibérica fueron los primeros indicadores de lo que me esperaba más adelante. Tal vez debí haber hecho caso a todas las predicciones del clima y echado adelante a todo vapor, pero la soledad es cabrona.
Puente de Órbigo es el más largo del camino, creo que son 19 ojos o arcos. Me gusta la placa que dice que un caballero retó a todos los caballeros a que rompieran tres lanzas contra él en ese puente. Y los venció a todos. Un tiempo. Al final fue vencido.
¿Te suena la historia? Si, bueno, tal vez no es muy original.
Pero el puente es muy bonito. Yo pensaba que si en alguna época los más acomodados construían puentes para lavar sus pecados, pues algo muy grande debe haber detrás de tanto arco.
También por estos días dejé de preocuparme por la predicción del clima, de todas maneras iba a seguir para adelante por el camino a la velocidad que pudiera. No hubiera cambiado nada con todo y meteorólogo. Además todos los días habían sido espléndidos y salvo aquellas gotillas que me cayeron en el Alto de Mostelares, nada de lluvia. Hasta llegué a pensar que traía equipaje de más: impermeable y ropa de invierno. Me decía que tenía que haber confiado en mis instintos que me decían que primavera era lo que sucedía en Cuernavaca.
Sergio tenía mejor estudiadas las etapas y me advirtió sobre la Cruz de Hierro.
Preferíamos el camino. Mientras más lejos de la carretera, mejor. La eterna llanura de Castilla cansa. Las subidas y los bosquecillos son reconfortantes.
En mitad de la montaña hay un monumento hecho con objetos mágicos que han perdido sus poderes: el cepillo de dientes con las cerdas abiertas como plumero, los lentes oscuros sin una pata, los tenis rotos. Una bolsa sin cierre. Un libro leído. Chamarras, camisas, pantalones demasiado pesados o rotos para llevarlos a Santiago, pero demasiado importantes para arrojar a la basura.
Sobre el pecho del espantapájaros colectivo una letrero dice: baila como si nadie te estuviera viendo, ama como si nadie te hubiera herido, canta como si no te oyera nadie y vive como si el cielo estuviera en la tierra.
Me sorprendió que algunos peregrinos tuvieran la necesidad de hacerle un monumento al esfuerzo de llegar hasta este punto, donde ya por lo menos llevas 500 kilómetros. La necesidad de compartir los llevó a construir un espantapájaros que permitiera a todos los demás peregrinos compartir algo de nosotros mismos y apropiarnos de este monumento. Erigido en honor de nosotros mismos. Es la única forma en que los monumentos tienen algún sentido.
Me hubiera gustado tener algo roto o inservible, o que todas las cosas perdidas y que perdiera aparecieran mágicamente aquí en este puerto que está después de 6 kms de subida dura. Por asfalto esta prohibido quejarse.
La bajada, en cambio, puro gozar. Lo único malo fue que a la vista de Astorga Sergio se detuvo a escribir su diario. Yo no quería detenerme así que me dio su número de teléfono y nos separamos convencidos de que más adelante nos volveríamos a encontrar.
Es deliciosa la bajada a Astorga por asfalto. Mi Zufridora ya se había olvidado de esta velocidad de carretera que debe rondar los 45 kms. Como dijeran: la variedad es el gusto: el pasado te permite apreciar el presente.
¿Será ese el sentido de hacer un camino tan viejo entre tanta ruina tan antigua?

El palacio de Gaudi en Astorga se merece todo un libro. No es tan viejo: 1961. Más nuevo que mi papá. Quizá es el único edificio que le resta importancia a la catedral, que aunque es majestuosa, es menos que la de León, o la de Burgos.
Ya estaba un poco cansado de tanto templo.
Gaudí en cambio hace cosas con la arquitectura que te permiten acercarte a lo vivo. O eso aluciné yo, viendo aquel palacio que aunque tenía motivos antiguos, como árabes o góticos, me recordó algas marinas en el fondo del mar, o árboles.
Lo gacho es que Franco lo haya usado como casa. Pero eso no es culpa de Gaudi. Nadie sabe para quién trabaja.
Por eso es mejor no trabajar. Esa es otra moraleja.
Astorga es la capital de la Maragatería, aún en el país leonés. No entiendo muy bien, porque algo que es común en este viaje es que todos quieren sus propias fronteras. Piden libertad al país leonés, como antes pedían una castilla sin león, y antes free navarra, pedían otros. Entiendo lo del respeto a las diferencias, pero las fronteras multiplican los trámites y cierran los caminos. A mi me gustan los caminos donde uno va sin que tengas que contestar a cada paso a dónde y porqué vas. Y cuándo regresas y cómo.
Los maragatos eran nómadas, contrabandistas o comerciantes según qué época y a quién le preguntes. Y en sus casas se nota también un cambio para adaptarse a un clima que es mucho más húmedo que el de Castilla o el resto de León. Casitas de piedra, reemplazan a los ladrilos de adobe. Y ahora todo es más de dos aguas, para que la lluvia resbale.
Además tienen unos mantecados muy ricos. Típicos del lugar.
La gente es muy amable con los peregrinos. Parece que hubo una época en que había tantos albergues, que hubo un encargado de ir a verlos todos para asegurarse de que ningún peregrino se estuviera haciendo güey sin caminar de una ciudad a la otra.
Yo quería un internet para comunicarme a casa, pero jueves santo, imposible.
También era un lugar grande, urbano. Y al acercarme pensé que me haría bien apartarme de tanto misticismo. Ir de fiesta por ahí, emborracharme, conseguir contacto físico, aunque no sea sexo. Pero luego al estar ya entre los coches y la gente como que me desesperé y preferí seguir adelante buscando campito y soledad.
Recordé al pasar por Murias de Rechivaldo, ¡qué nombres!, que Sergio tenía apuntado en su guía que había que comer aquí el cocido Maragato. Pero cosa curiosa que no tenía hambre suficiente para pagar los 16 euros que amenazaban con cobrarme. Ahora me arrepiento.
Me gustaron los caminos serpenteantes, las calles con casitas tan pegadas y altas que apenas ves un pedazo de cielo y unos metros al frente.
A la salida de Murias un gringo me pidió una canción. Señales: me detuve a cantar. Salieron a escuchar los dos hospitaleros, muy agradecidos. Luego me pusieron el sello y no se me olvidará nunca, porque es el único sello que me pusieron al revés. Ja.
Luego hay una recta enorme donde volví a ver aquello de dos cordilleras que se acercan entre por el norte y el sur. Y para entonces fue evidente que tendría que cruzarla y que me esperaba el puerto de montaña más alto de toda la ruta: Cruz de Fierro.
A mi esas subidas no me molestan. Las prefiero a los columpios que me sacan de ritmo. Hasta me dí el lujo de ignorar las señales que advertían que las bicicletas debían seguir por la carretera. Yo me mantuve en el sendero de tierra, empinado y serpenteante.
Además otra cosa ocurrió: como ya era semana santa, los españoles salieron en turba al camino. Algunos tenían años haciéndolo: cada que podían se encontraban en algún punto y hacían otro pedazo. El caso es que se empezó a poblar más el camino. Poco a poco. Este día no fue tan evidente, pero me dí cuenta que tenía que gritar desde antes algo que no molestara a los caminantes, pero les advirtiera de mi paso para no tener que perder la inercia a cada rato.
Yo recordaba de mis notas extraviadas, que la parte más empinada del camino era después de Rabanal, pero me equivocaba: toda la subida de 25 kilómetros más o menos, es empinada. Sólo tiene algunos descansos con el suelo en mala condición, o sea que es mejor recuperar el aliento, resignarse a hacerlo despacio.
Eso hice yo, porque había buen clima. Supongo que con lluvia o nieve debe ser imposible.
Eran cerca de las cuatro de la tarde cuando llegué a Foncebadón, un pueblillo en ruinas. Otros peregrinos me dijeron que tenía un albergue muy chulo, dirigidos por unos hippis muy buenos. Nada que ver con los amigos canadienses que me habían sugerido el lugar, porque ellos eran hospitaleros.
Pregunté por el albergue, me dijeron que abría hasta mayo.
Ni modo, me dije, bajaré de la montaña. Y seguí adelante.
Unos metros más allá me los encontré: estaban sacando colchones de una vieja iglesia que era el albergue parroquial. Me dijeron que estaba cerrado, les dije. Ellos se pusieron contentos. Salieron a recibirme. Cuando vieron el pin con la bandera canadiense se le iluminó el rostro con esa cara que ahora comprendo: la de descubrir otro atajo de la ruta, mirar cómo un objeto se mueve y volverlo a encontrar después. Se siente un click en el alma, parecido al de poner una pieza más en un rompecabezas, o entender algo complicado de matemáticas.
Claro que me quedé ahí. Les pregunté por la calefacción: tenían pero no funcionaba. Era su primer día. Estaban acomodando.
Me gustó ayudarlos. Barrer y limpiar. Mantuve un ojo en el camino para ver si pasaba Sergio. A mi alrededor los picos nevados. Que curioso, pensé, que aquellos picos parecen estar más abajo y están nevados. ¡Qué suerte que acá no hay nieve!
El viento, eso sí, mordía de tan frío. Pero nada que no se resolviera con la buff café que usaba como bufanda y tapabocas, y algún paliacate que me tapaba la cabeza. Para el pechito, rompevientos y debajo el chaleco de invierno.
Para las piernas, con los pants y las lycras es suficiente.
En el albergue de al lado, el de los Jipis, me prestaron el internet amablemente por 1 euro la media hora. Es curioso que encontrara internet aquí, en la punta de la montaña y no en Astorga. Me reporté a la casa.
Estuve a punto de comprar pan o vino, pero me di cuenta de que los “jipis” en realidad eran tiburones de cabello largo, vampiros disfrazados, porque todo lo vendían carísimo.
Luego escuché historias de peregrinos en este albergue jipi. Historias de sexo, drogas y rocanrol. No te imaginarías que un lugar tan pequeño y aislado de las ciudades, con clima tan extremo, tenga un ambiente tan fiestero y caro.
Volví a mi albergue, Domus Dei, donde Tom estaba cocinando. Acá sí tenían permitido cocinar. Es una suerte, porque lo hace muy, pero muy bien.
Dí otra vuelta por la aldea en ruinas. Entré a las casas caídas. Retraté desde lo alto la planicie de León y Castilla que quedaba atrás.
Al albergue llegaron esa noche dos peregrinos que hacían el camino de regreso. Carmo, portuguesa, y Tomás, alemán. Ella y él se conocieron un año antes. Se enamoraron y fueron pareja. Ahora habían hecho el camino Portugués y desde Santiago volvían hacia Roncesvalles.
Contaban de que al ir en reversa les pasaba peor que a mi: ellos sólo se detenían a socializar en el albergue un rato, por las noches. Todos los peregrinos eran sonrisas que pasaban deseándose buen camino, que para estas alturas se había vuelto tan automático para mí, como decir salud después de un estornudo o lavarme las manos después de ir al baño.
Además las señales de regreso: una flecha azul con un espiral, no llegaban muy lejos de Santiago. Después de eso la señales eran vivientes: cuando había dudas, esperaban a ver un peregrino y encontraban así la ruta. Interesante. Se quejaban amargamente de que unos ciclistas habían armado un desmadre un par de noches en el alberge de Villafranca del Bierzo. No pude disimular mi gusto de saber que los compañeros del clan cletero estaba a sólo un día o dos por delante. Carmo y Thomas mejoraron su opinión de ellos, un poco. No mucho.
Dale y Thomas tuvieron mucho tacto al invitarnos a hacer una ceremonia religiosa. Es que estábamos en el edificio de una iglesia muy muy antigua. Y ahí estaban el retablo y todas las cosas del altar, que también eran reliquias del sigo XII y XV.
Además me pidieron que si podía tocar la jarana como me fueran dando ganas.
Me encantó el misticismo. Ellos traían unos escritos preparados en todos los idiomas, de modo que Tomás, el alemán leyó unas oraciones en su idioma. Carmo también. Luego yo me arranque a decir poemas bonitos de tranquilidad y buena onda. No míos, porque yo no tengo de esos, sino por ejemplo ese de León Felipe que venía tanto al caso:
cansábame de hacer jornada, día tras día, tan sólo y tan callado, que me quedé apostado en un recuesto al borde de la vía, esperando la santa compañía de algún lento romero rezagado. Nadie pasó. Y esta canción traía el viento sollozante: sigue tu ruta sólo, caminante.
Vas a pensar que me volví católico y que me convencieron de que si te portas bien o mal, dios te da un premio o un castigo. Para nada. Sigo seguro de que dios existe, como santa clos, en las mentes de los que creen en él.
Nomás que encontré otras lecturas a mensajes antiguos. Claves para descifrar por ejemplo los versos de Antonio Machado, destrozados por Serrat: cuando el jilguero no puede cantar, cuando el poeta es un peregrino, cuando de nada nos sirve rezar, caminante no hay camino, se hace el camino al andar...
La cosa habrá durado no más de quince minutos. Los sonidos en las iglesias se amplifican. Las voces suenan bien aunque no sean bonitas.
Dormí abrazado al calentador. Por poco lo subo en mi cama. Por la noche Carmo se dió cuenta y fue a apartarlo para que no se fuera a incendiar mi cobijita polar. Me dí cuenta porque me despertó el frío. Se escuchaba afuera la tormenta. Madres, pensé.

día 10






Foncebadón . Villafranca del Bierzo
lo que más pesa es la eriza de tus besos
65 kms. viernes santo


Temprano a la mañana nos despertó Tom con la noticia de que en la noche había nevado y entonces podíamos quedarnos, no aplicaba la regla de abandonar el albergue antes de las nueve.
Claro que salí como bala a comprobarlo. Una espléndida vista del bosque blanco. La hubiera podido disfrutar si no se hubiera mezclado con cierta angustia. Me sentí atrapado.
Desayunamos todos juntos. El desayuno típico: pan tostado con mantequilla y mermelada. Después de eso Carmo y Tomás tomaron sus cosas, se despidieron, se burlaron de mi preocupación y se fueron.
Yo estaba en verdad preocupado por ellos y también por Sergio que tal vez ya me hubiera rebasado. Luego supe, que se había quedado a dormir en Rabanal del Camino. Me rebasó en algún momento de la mañana, sin que yo me diera cuenta.
Mientras despedíamos a los amigos, varios peregrinos pasaron en dirección a Santiago. Entre ellos tres ciclistas que me hicieron sentir un poco cobarde.
Los canadienses me convencieron de quedarme. Sobre todo porque después del desayuno volvió a llover y nevar.
Lavé los platos, me puse al corriente con mi libreta de viaje, programé las siguientes etapas. Los canadienses eran expertos en el camino. Ya lo habían hecho cuatro o cinco veces. Lo dominaban como la palma de su mano. Cada año volvían a hacerlo y esta vez se apuntaron como hospitaleros voluntarios en Villasirga quince días y en Foncebadón otros quince. Luego iban a caminar a Santiago.
Peregrinos profesionales. Me dieron mil consejos muy útiles sobre lo que hallaría más adelante. Me explicaron muchas cosas que había pasado de largo sin saber, como el ritual que hace el hospitalero de Eunate, de lavarle los pies a los peregrinos que se quedan en su albergue. Me contaron de sus familias y yo hablé de la mía.
Interesante: me previnieron de lo complicado que sería, al volver, explicarles a los demás esa sensación de gozo que da la cosa de caminar a Santiago.
Lo de la bicicleta no les parecía del todo bien, por la velocidad.
Lo que es cierto es que cuando haces el camino en bicicleta, vas dejando atrás a todos los peregrinos de a pie y después de varios días se vuelve una sensación fuerte. Como que el camino te pica y pellizca el corazón. Tal vez a pie sea más sencillo quedarse en un grupo.
Por otro lado en bicicleta puedes desprenderte del camino y visitar Atapuerca, o acelerar durante las partes más feas, como las zonas industriales.
Alrededor de la una de la tarde mejoró el clima. Pasaron otros tres ciclistas, subían con dificultad pero con ritmo. Mis amigos trataron de persuadirme de que me quedara, argumentando que la vista era espectacular con buen clima. Me sentí tentado pero también me preocupó quedarme quieto. Tampoco es que haya muchas actividades en un albergue parroquial a medio día, en la punta de un cerro, en un pueblo abandonado. El camino tiene corriente y a veces parecía arrastrarme. Así que me despedí.
Estaba todo nevado, el camino parecía lodoso, así que me decidí por la carretera, que se veía seca.
La Cruz de Hierro debe estar a unos cuantos kilómetros. Para la importancia del lugar, puerto más alto del camino, el monumento que lo celebra es poca cosa a la vista.
Llegué al mismo tiempo que unos turistas en camioneta que la veían con cara de desilusión.
Yo estaba aún fresco como lechuga. Apenas había calentado un poco al llegar ahí. Tomé un par de fotos y tiré las piedritas por todos: mis abuelos, los tíos y los hermanos, para cada uno de los primos y de sus novias y sus hijos, para mis hermanos y sobrinos, y para mis amigos y claro que las más grandes para mis mujeres, esas con grandes R's dibujadas por detrás, y se sumaron a la enorme montaña de rocas que se han puesto bajo la cruz desde hace siglos por los peregrinos que llegan acá sudados, con frío y con la esperanza renovada: es el punto más alto. El lugar más difícil. Cuando avancé empezó a nevar de nuevo, pero esta vez me agarró de bajada.
Un par de kilómetros adelante, cuando se hacía más intensa la niebla, me encontré con un letrero increíble: México – 9376 kms. Debajo venía la distancia a algunos otros lugares del mundo: Roma, Jerusalem, Machupichu, Schretzheim... Interesante selección. El caso es que México encabezando la lista, y yo pendiente de las señales me detuve a saludar, sellar mi credencial de peregrino, conocer y guarecerme de la nieve.
El hospitalero es otra leyenda del camino, Tomás, el último Templario. Que de cuando en cuando toca su campana para orientar a los peregrinos en la niebla. Si le caes bien, cuando te marchas de su albergue toca la campana para anunciarle al apóstol Santiago que le envía a unos peregrinos. Allá él y sus creencias religiosas: yo te agradezco, Tomás, que me hayas ayudado a orientarme en la niebla.
El clima no mejoraba. Ya se armaba la mesa de discusión religiosa en lo que pasaba la nevada y yo preferí arriesgarme a los 16 kilómetros de bajada, que el miedo no me dejó retratar.
El miedo y la temperatura que estaba a un par de grados bajo cero me hicieron bajar muy despacio.
Además había varias crucecitas recordando atropellados. Y es que los carros aunque son respetuosos manejan muy brusco para mi gusto.
En el Acebo el clima mejoró. Rebasé al trío que había visto un par de horas antes y saludé sin soltar el manubrio. Había letreros que advertían de la pronunciada pendiente y las curvas cerradas. Casi al final de la bajada un monumento a un ciclista peregrino que matóse ahí.
Y es que es sinuosa y angosta la carretera. Al ir por el borde de la montaña un lado siempre queda hacia el abismo. Las barras de contención, como en todas las carreteras, quedan por debajo de tí cuando pedaleas.
Me hubiera gustado disfrutar esa bajada, pero no pude. El frío entumió mis manos y tuve que detenerme varias veces a sobarme.
Por supuesto aquel trío ciclista me rebasó y yo quise seguirles el paso pero no lo logré.
Hasta que no me empezó a dar el sol en un lugar que se llama Molinaseca no me sentí seguro.
Pero entonces había cambiado el escenario otra vez. Detrás quedaron las pallozas, las casas redondas con muros de piedra y techos de madera, para la nieve.
Tomás, el Tempario, Thomas y Dale, los canadienses que con la nieve empezaron a sentirse como en casa, quedaron en otro planeta. Ahora en el Bierzo. Las montañas son diferentes. Acá, el sol, la carretera.
En cuanto pude volví al camino, angosto y serpenteante. En general de bajada, pero como antes con pronunciadas subidas y rocosos descensos, hasta llegar a Ponferrada, que de por sí es una ciudad muy hermosa, con un castillo templario de cuento, pero además estaba de fiesta. Ese día había procesión.

Frente al castillo templario me alcanzaron tres paisanos de Baja California atraídos por el jersey que decía México por todos lados. Da gusto encontrarse paisanos en otro lado. Yo saludé cortés. Una chica me preguntó hasta dónde pensaba llegar y yo con toda honestidad respondí que no estaba seguro de hasta dónde dieran mis piernas. Me dijeron que ellos querían llegar a Villafranca del Bierzo, que a esas horas me sonaba muy lejos. Y se lanzaron pa'l frente sin más. Hasta me pareció que mostraban un poco de desprecio por mi falta de agenda.
Un poco la actitud de aquellos que van en plan por completo deportista que no se bajan de la bicicleta ni para hacer pipí.

Igual que en otras ciudades tuve deseos de apartarme del camino para buscar otras emociones. Tal vez ir al cine o a algún concierto, aunque tuviera que quedarme en algún albergue privado. Pero ya ahí, con toda la gente bien vestida, los automovilistas molestos por el bloqueo de la gente que se vierte a las calles, los bares a reventar, me doy cuenta de que me molesta el tumulto. Y siento que soy bien correspondido, al tumulto también le molesto. Todos notan de inmediato, al ver mi facha, que vengo en la alucinación de los peregrinos.
Todos te tratan bien pero también con un poco de cuidado.
Además el viernes santo tenía todos los restaurantes cerrados o con menús carísimos. Por cierto que todos los bares anunciaban que tenían limonada, con tal insistencia que terminé pensando que era una bebida exótica con nombre común. Pero no. La limonada es limonada aquí y en España.
Me sentí hostigado por el gentío y seguí adelante.
Otra vez me amenazó el cielo con unas cuantas gotas de lluvia que aproveché para terminar con la bolsa de frutos secos que me había comprado y con el chocolate suizo que me regalaste, Sergio Bondi.
Seguí adelante, a disfrutar los paisajes del Bierzo. Venía descansado así que cuando llegué a la disyuntiva, un poco más adelante de Cacabelos, entre el camino corto y feo o el largo y bonito, no titubeé, me fui por la ruta de Vatuilla de Arriba y de verdad que me alegro de mi decisión, aunque fue un tramo como de seis kilómetros bastante rudos, los paisajes valen la pena.
Llegué a Villafranca del Bierzo como a las seis de la tarde, con un hambre de perro, que es la mejor manera de llegar.
Ritual de llegada al albergue: estacionar bici, tomar cama, regadera. Luego a comer en este paraíso de la comida.
Ya había notado el aumento de peregrinos por la semana santa, pero este día fue muy evidente. El albergue de tres pisos, más de cien camas, estaba a reventar.
Entre el gentío me volví a encontrar a Javi. El reconoció a la Zufridora por el paliacate naranja, el de las herramientas que dejé colgado del manubrio.
A la Carraca, como bautizamos después a la bici de Javi por su dulce y silenciosa manera de hacer los cambios, se le habían roto cuatro rayos a la rueda trasera y por ser semana santa había tenido que quedarse en Villafranca. El Jope, su compita, había seguido adelante y estaba ya en O Cebreiro, atrapado por el mal clima.
Esa noche había procesión así que la ciudad entera estaba en las calles con sus mejores fachas y la disciplina en el albergue de peregrinos se relajó bastante. Cerraron las puertas a las 11 de la noche. Nuevamente tenía yo ganas de parranda. Aquí conocí a personas encantadoras: Edurne, Ana. Compartimos unas petas ante la iglesia iluminada. ¡Era tan diferente el ambiente jubiloso, fiestero y el aroma a comida, a la noche anterior, con nieve, tormenta y oración! Además por el Javi tuve noticias del clan cletero, que suponía yo disuelto mucho tiempo antes. Alfredo y Arturo habían caido enfermos en distintos lugares. Alfredo llegaba esa misma tarde a Cebreiro y Arturo había quedado detrás de nosotros recuperándose de una infección intestinal.
Hubiera platicado horas contigo, Edurne, sin embargo estaba cansado y no pude aguantar mucho tiempo.
Javi me reveló un gran descubrimiento antes de ir a dormir: Gominolas. Es como lo que siempre quisieron ser las gomitas con la ventaja añadida de que te excitan.
Eso o yo estaba muy caliente.

día 11




Villafranca del Bierzo. O Cebreiro
Nadie te quiere como yo te quiero.
28 kms en sábado de gloria


Salimos del albergue cuando había un arcoiris monumental. La lluvia aparecía y desaparecía.
Hizo su aparición entre mis objetos mágicos el impermeable. Y empecé a jugar entre la chamarra y el impermeable de modo que no sudara demasiado, porque con la ropa mojada el frío se intensifica. Parece obvio, pero eso se traduce en que hubo que parar a cada rato para ajustar la ropa. Acompañé a Javi al taller que ahora estaba abierto. Aproveché para ajustar también mis frenos.
Antes de salir de Villafranca paramos a rellenar la bota de vino en una bodega. La rellenaron con un vino muy cariñoso con el ánimo y que calentaba el estómago suavecito.
Al principio fuimos juntos. Un buen trozo de carretera que se agradece por sencillo, pero que produce gran angustia cuando te rebasan coches. Toda la mañana fue de subida. Poco a poco fui adelantando al Javi.
Por ahí me reconoció Juan, Juan Sparrow, para que me entiendan, aquel peregrino que se había escapado por la noche del albergue de Burgos. Me gritó: ¡el mexicano de la guitarrita! Sí, le contesté con el poco aire que tenía y seguí sin detenerme porque era una pendiente muy empinada.
Unos kilómetros más adelante me detuvo la música en Vega del Valcarce: Un cafecito brasileño tenía unas bocinas hacia la calle y sonaba Tom Zé. La lluvia se hizo un poco más densa así que me detuve por mi segundo desayuno.
Otro radical cambio de paisaje: chimenea, música, un grupillo de brasileños discutiendo acaloradamente en portugués. Aproveché para tomar cafecito con tostadas y postear algo en el blog, para que tampoco la gente se asustara por mi silencio. Esperé a que se quitara la lluvia ligera y seguí adelante.
Javí no se había detenido con la lluvia, así que me rebasó y lo alcancé más adelante. Allá iba con la bicicleta, en vez de en la bicicleta. La verdad, Javi, debo decirte que me impresionó tu serenidad y la calma con que empujaste tantos kilómetros tu carraca. Yo creo que hubiera arrojado la bicicleta por la barranca desde el Alto del Perdón. Pero tu no, ni siquiera se te descompuso el buen humor.
Nos pusimos de acuerdo para comer en Cebreiro, porque habíamos comprado una barra de pan y alguna otra cosilla en colectivo. Yo aproveché la escala para aplicar mis conocimientos sobre la montaña y me quedé en lycras y mangas de camisa. Por si no conoces, el truco es subir ligero de ropa, para que no se moje de sudor y para tener ropa seca cuando llegas a la cima. Cubrirse bien durante la bajada, que es cuando el cuerpo no se mueve.
Igual se requiere fuerza de voluntad, a cinco grados centígrados, para quitarse los pants y la chamarra, y confiar en que el pedaleo te mantendrá caliente. Pero sí resulta.
Se me hizo más pesada la llegada a Cebreiro porque hay otro pueblo que se apellída igual, por así decirlo. Pedrafita, se llama. Pedrafita do Cebreiro. Ahí por la carretera hay un desvío y como que los automovilistas no suben hasta O Cebreiro, que es donde se juntan las provincias de Lugo y León. Queda atrás el Bierzo.
Y comienza Galicia.
Habrán sido como las dos y media de la tarde cuando ví la niebla que bajaba del monte directo hacia mi, como si saltara desde lo alto. Nunca antes había sentido ese granizo puntiagudo. El airecillo pegó justo en las partes de mi espalda donde más había sudado.
Inmediatamente se acabó la visibilidad. Apenas pude ver unos centímetros adelante de la rueda delantera o escuchar otra cosa más que el rugido de la tempestad. Caminé contra el viento, para no perder la temperatura y llegué al templo de Santa María la Real, a las afueras de Cebreiro, justo cuando lo habían cerrado. Ahí me puse unos pants y la chamarra, del todo insuficientes para el clima y yo volví a caminar entre la niebla. Y entonces la tormenta se incrementó a un grado que hasta miedo me dió. El viento jalaba mi maleta hacia atrás. Era difícil mantenerse de pie con la bicicleta. Caminé unos metros, era igual traer pants que nada. No sólo era el frío en el cuerpo caliente por tanta subida, sino además el hielo me pegaba, como granizo pero de lado. Entre la niebla vi una puerta y sin llamar ni nada, entré con todo y bicicleta.
Y esa fue mi primera pulpería gallega.
¿Cómo hacen para sobrevivir en este sitio? pregunté y sin responder el tabernero me dio un vasito de orujo y un café cortado que en menos de un minuto me tenían chapeado y sin frío. Después por 12 euros me dió un caldo Gallego delicioso y grande y un plato de pulpo a la gallega que fue de lo mejor. Logré así olvidarme de la tormenta, hasta que después de comer quise ir al albergue. Estaba sólo a unos metros, pero la tormenta seguía esperabando afuera.
Debajo de una cornisa me encontré con aquel trío de ciclistas que me habían estado rebasando en la bajada de la Cruz de Hierro. Tenían un problema mecánico y me acerqué a ayudar. Les hacía falta herramienta, porque la bicicleta de la chica venía frenada. ¡Pobre de tí, amiga! Te veías reventada de haber pedaleado hasta acá arriba en esas condiciones. Moraleja, cuando sientas algo raro en tu bicicleta detente de inmediato.
Era muy difícil manejar la herramienta con tanto frío. Había un pobre perro hecho bola sobre el suelo mojado que nos veía con ojos como platos. Para romperte el corazón.
Llegué al albergue temblando. No había pensado quedarme a dormir ahí. En mis planes llegaba hasta Tricastela en esta jornada, pero ni siquiera me lo cuestioné. Toda mi ropa estaba sucia así que me venía bien una tarde libre para lavandería y además sabía que Juan Sparrow se quedaría en O Cebreiro y se me antojaba conocerlo.
Entré junto con unos peregrinos que hablaban inglés así que ayudé a la hospitalera con la traducción y me llevó al dormitorio y de volada, el ritual, tomar cama, regadera para vestirme con la última ropa interior limpia. Luego a la lavadora. En el camino me encontré a Javi como pollito temblando afuera. Tenía la mirada triste como el perro aquel hecho bola bajo el techo.
Hay una regla que dice que los peregrinos de a pie tienen preferencia sobre los ciclistas y por eso no lo dejaron entrar al albergue, ni siquiera a guarecerse de la tormenta. ¡Y a mi ni me preguntaron si venía en bicicleta! Tampoco que fuera un secreto de estado: estaba en mi credencial de peregrino. En todo el camino me parece que esa fue la peor cosa que vi, que dejaran a un peregrino fuera del albergue durante una tormenta de nieve.
Ya viendo que a mi me habían dado cama, la hospitalera que no era hospitalaria no tuvo más remedio que darle albergue.
3 euros la carga de lavadora. Mis trapos no llenaban la tina así que compartí con un tal Enrique. Sé su nombre porque fue un pacto: si lavamos nuestra ropa interior junta, por lo menos deberíamos saber nuestros nombres, le dije. Se rió muy fuerte. Yo puse el lavado y él el secado.
El albergue de Cebreiro estaba casi lleno. Después de Javi no llegó nadie más. Aún teníamos de aquella comida que habíamos comprado entre los dos: una barra de pan, un trozo de salchichón, fruta seca, y la bota, inseparable compañera del Javi llena de tinto berziano del fuerte.
Los peregrinos de a pie llevan muchos días caminando. Algunos han pasado grandes soledades y están ávidos de contacto. La parada forzosa por la tormenta conlleva a lo más parecido a una fiesta. La cena exquisita, mucho más sabrosa por ser colectiva. La mezcla de personalidades: un alemán abogado de divorcios, una pareja de ingleses que comen ajos crudos con aceite de oliva y mucha sal, Julia y Victoria con los pies llenos de ampollas pensaban en dejarlo por la paz, tomar un taxi a la estación de autobuses y terminar con la tragedia. Había un tipo de cuyo nombre no me acuerdo, que entre el caldo y la bota de vino contaba de su irremediable enamoramiento de una gringa muy guapa a la que no se atrevió a hablarle.
Por ahí andabas también tú, Paqui, de Murcia, y ese otro peregrino que llevaba su playera de supermán. Un francés cuarentón que viajaba con su hija onceañera me dieron mucha envida. ¡Deseo con todo el corazón hacer un viaje así con mi hija!
Después de la cena fuimos a un bar cercano a tomar café cortado y licorcillo de orujo. Sobre todo Javi y Joan querían ver el juego de futbol del Barza. Muy contrastante: hace dos noches con los canadienses todo era misticismo e historias del camino. Hoy la fé mueve otros hilos, mientras el Barza se abre camino por la copa europea.
Con el frío, el café, el licor y la compañía no pude resistir la tentación y me fumé mi primer cigarro en tres años. Es decir, de tabaco. ¿Porqué? No entiendo muy bien, pero combinaba con el ambiente y el orujo, y el miedo que me dió la ventisca. Un poco de veneno no mata. O tal vez poco veneno mata un poco de mí. Pero eso está bien: hay partes de mí con las que hay que terminar, porque en mí está también lo que más odio: aquel prejuicioso nazi, macho censurador y represivo, vive dentro de mí. Y vale la pena matarlo un poco.
¿O por lo menos son los autoengaños de un adicto?
Dormí muy mal. Ese fue el pago por mi desliz.
Tuve pesadillas donde secuestraban a mi hija mientras que yo paseaba por España. Desperté agitado y sudoroso, porque la calefacción estaba demasiado fuerte y había mucha gente en el dormitorio. Poco aire.
Un peregrino que viajaba con su perro y que fue obligado a dejarlo afuera, se levantó en la madrugada para dejar entrar al can. La sorpresa fue que el hospitalero vino de inmediato a regañarlo. 
¿Tendrán cámaras web? 
¿Vigilarán toda la noche?

día 12




O Cebreiro . Portomarín.
mi amor por ti no tiene fin
68 kms en domingo de resurrección.


Javí quería alcanzar al Jope que había dormido en Portomarín, una etapa más adelante, así que nos levantamos temprano para encontrarnos que la nevada de la noche había congelado las bicicletas, aunque Javi las había acomodado debajo de un techo.
De todas maneras estaban heladas.
Las tallamos un poco con una jerga.
Mi bici tenía una fina capa de hielo todo alrededor de los rines que no ví, hasta la primera vez que quise frenar. Afortunadamente no hubo consecuencias que lamentar, pero estuve a punto de irme de boca contra una pared.
En el mismo bar de la noche anterior tomamos café con leche y pan tostado. El Javi las comió con sal y aceite de oliva, a la manera catalana. Yo con mantequilla y mermelada, al modo de mi abuelito. Le pregunté a la gente del bar si creían que el clima mejoraría. Puede que sí, me dijo una muchacha de lentes detrás de la barra, o puede que no. Depende.
En la chimenea dejé la cubierta de mi sillín que había olvidado afuera, para que se descongelara un poco.
Para la bajada me puse el impermeable y encima el rompevientos. Para las piernas, los pants sobre las lycras. Para los pies, bolsas de plástico entre el calcetín y los tenis.
A unos cuantos metros de Cebreiro nos envolvió la niebla y de nuevo ventisca. Si hubiera ido solo me hubiera regresado, pero el Javi no se amilanó en absoluto. En lo peor de la tormenta gritaba, ¡Santiagoooooo! ¡Te proyectoooo! Cualquier obstáculo se veía gracioso. Incluso en algún momento me animó a detenernos a tomar fotografías de unos enormes muñecos de nieve.

Al principio no se notaron los cinco grados bajo cero, porque después de Cebreiro hay un par de subidas: el Alto do San Roque y el Alto do Poio.
En el Alto de San Roque hay una escultura de un peregrino que camina con dificultad, sujetando su sombrero para que no se lo arrebate el viento, que parece muy real en mitad de la ventisca. Cuando quise detenerme a tomar la foto el viento helado entró por mi cuello y sentí como si me mordiera mordidas en el pecho y la espalda. Eso de subida. Veía venir el sufrimiento de la bajada.
El camino estaba congelado y yo no quería pasar más tiempo que el necesario en la montaña, así que bajamos por carretera.
Serán unos cinco kilómetros desde el Alto del Poio hasta Fonfría donde dejamos atrás la ventisca. De todas formas seguía haciendo mucho frío. Un letrero marcaba la pendiente: 7%. No entiendo muy bien a que se refiere esa medida, pero a subir al Paso de Cortés, en México, la pendiente es de 6.4%. O sea que peor. Y si fuera de subida no me preocupaba, porque la subida es cansada, pero no es peligrosa. La bajada en cambio...
Y el frío no paró hasta Tricastela. Es difícil controlar la velocidad con las manos entumidas. Todo era una especie de negociación con mi cuerpo: por un lado quería bajar aprisa para llegar a un café o restorán.
Por otro lado más velocidad, más frío.
Nomamesnomamesnomames se volvió con un mantra para mi. Repetí la frase hasta que estuve adentro de un café en Tricastela. Pedí el café grande y muy caliente para agarrar la taza con mis manitas azules. Luego me dijeron que eso no se debe hacer, que los cambios bruscos de temperatura producen tendinitis y artritis a largo plazo. Yo tenía ganas de meter las manos a la chimenea. El café caliente me parecía poco. Quería sentarme en la chimenea.
En Tricastela nos encontramos con un par de ciclistas que, como nosotros, se protegían del frío. Ya los había visto, en Burgos. Pero venían en un plan más deportivo, más tiempo por carretera y aunque buena onda, como no habíamos visto lo mismo, no fue fácil conversar.
Quiero decir, para mi.
Porque Javi en ningún momento tuvo problemas de comunicación. Al contrario. A todo el mundo saludaba y por todos lados contaba un chiste.
Aquí hay dos posiblidades para seguir el camino. Una larga por asfalto, que pasa por Samos y por un monasterio muy famoso, y una corta por senderos de lodo y roca suelta que pasa por San Xil, que no tiene grandes monumentos y que fue la que escogimos.
Creo que estábamos un poco hartos de tanta iglesia.
Un buen tramo de carretera en perfecto estado en una bajada tranquila que sin frío es puro gozar.
En Sarria nos detuvimos a comer, en un cruzeiro, a la vista de la ciudad. Comimos, ¿pan toumacát? No sé cómo se escriba en Catalán, pero es muy rico. Pan con tomate untado y con aceite de oliva. Además le pusimos algo de queso, un embutido muy bueno. De postre un kiwi, por las costumbres exóticas de comer la fruta al final de la comida. Después, para una mejor digestión, fuimos por unas cervezas. En el camino nos encontramos un par de enfiestados que trataban de asustar a los peregrinos gritando ¡Santiago no existe!.
Nomás consiguieron divertirnos un poco. Un consejo: si quieres asustar a los peregrinos debes gritar: ¡está nevando! o algo así. Las blasfemias heréticas nomás consiguieron arrancar un par de sonrisas lastimeras ante el estado de los fiestosos. Se veía que habían gastado bastantes euros en coca porque traían las mandíbulas más tiesas que los caballitos del carrusel.
Después de Sarria viene una sucesión de caseríos perdidos en un bosque milenario, húmedo y oloroso por tanta flor. El camino un poco rompepiernas por tanta subida y bajada. Cortas, pero empinadas. En algún momento de la tarde pasamos el letrero que anuncia que faltan cien kilómetros a Santiago. ¡Santiago, te proyecto! gritaba el Javi.
Inevitable la mordida de la nostalgia porque se acerca el final de la aventura.
Me encontré en el suelo un gorro tirado.
Unos kilómetros adelante encontré una señora brasileña muy triste porque había perdido su gorro, se alegró mucho cuando se lo devolví. Señales.
Más adelante me encontré con la matanza de un cerdo enorme. 
Dos gordos también enormes lo sujetaban de cada lado mientras una abuelita le pasaba un tremendo cuchillo por el cuello. Los chillidos, espeluznantes, me taladraban los oídos. Un perro me ladró furioso. Fue el único perro que me ladró en todo el camino. Ahora que lo pienso, fue el único perro callejero que ví en los veinte días.
La sangre saltó a chorros, como fuente, al ritmo de los últimos latidos del puerco, sobre una bolsa de plástico. La muerte fue quedando en las venas secas del cerdo.
El camino estaba repleto de peregrinos con prisa por llegar porque para muchos era el último día de vacaciones. Javi, como mi conciencia, tenía prisa por avanzar, pero también quería detenerse a cada rato a echar cafecito.
¿Será que los gallegos inventaron el contrabandeo y la guerrilla?
Sus tierras son ideales para ambas.
Javi quisiera tomar carretera para alcanzar al Jope que seguía una jornada adelante, pero nos advirtieron que lo único que se gana son diez kilómetros más.
Al llegar a Portomarín no estábamos tan cansados. Por un momento dudamos si parar aquí o tratar de seguir veinte kilómetros más, hasta Palas de Rei. Nos quedamos, afortunadamente, porque así pudimos visitar la feria del aguardiente y darnos vuelo probando orujo de todos los sabores: café, de hierbas, de nuez, crema de orujo. Todos deliciosos, aunque creo que mi favorito fue el de café.
El albergue estaba a reventar. La zona de bicicletas llena. Apenas pudimos conseguir espacio.
En los dormitorios olía a gente. Las literas pegadas unas con otras me ponían nervioso: extrañaba mucho mi casa y los doce días de abstinencia sexual me tenían tenso como la cuerda de un arco. A ver si no despertamos abrazados, me advirtió el vecino. Por las dudas, también intercambiamos nombres: Ignacio.
En la litera del otro lado había unas chavas con unos ojazos y sonrisa de trampa mortal, muy coquetas que me pidieron que les cantara una rancherita y que les hablara en mexicano. Si no hubiera estado muerto de hambre...
Después de bañado y enfilando por un menú de peregrino me topé con Sergio, que para ahora es mi viejo amigo del que me despedí a la vista de Astorga.
Algo sucede después de O Cebreiro. Como que al cruzar la montaña da la sensación de que ya llegamos, de que nada puede evitar que lo logremos. Como veterano de una larga campaña, no puedo evitar sentir un poco de desprecio por aquellos que salieron desde León o desde Fromista. 
O que nomás caminaron un par de días.
O que contratan un taxi para que les lleve las maletas, cómo cuentan las leyendas que hicieron mis paisanos de Tijuana.
Cada quien hace su propio camino y lo camina a su propia velocidad, lo sé. Pero me sentía orgulloso de mi cuerpo que para estas alturas, con todo y su cansancio acumulado, funcionaba como maquina bien engrasada.
Nunca había estado en tan buena condición física. 
La disciplina del albergue destruida por el último día de vacaciones. Hasta altas horas de la madrugada algunos peregrinos asturianos estuvieron perfumando el ambiente con hash.
La disciplina en nuestro pequeño grupo la pone Javi con la prisa por alcanzar al Jope.
No logras recuperarte del todo al dormir así, con poco aire y tanto ruido. Los doce días en el camino han generado un cansancio acumulado que me convence de no abandonar a estos amigos para tratar de llegar a Finisterre.
¡Tendría que hacer cien kilómetros diarios!
Así que nos aguantamos las ganas de fiestear y nos dormimos maomenos tempra.

día 13



Portomarín . Arzúa
destraba mis cerrojos tu amor de ganzúa
51 kms


El Javi con sus prisas desde temprano nos apuró, determinado a alcanzar al Jope que dice que se lo tomará con calma para tratar de esperarlo, pero no lo espera. 
En las prisas perdí mi chaleco naranja reflejante. Es una desgracia perder uno de los pocos objetos que traes. El chaleco me sirvió mucho a la bajada de Cebreiro. Espero que otro peregrino lo encuentre y lo ocupe.
Entre chiste y chiste Javi me pidió que no me fuera a ir así nada más sin despedirme. Se siente como si Santiago ya fuera cosa hecha. Tal humor tiene que pensé que saldría disparado hacia el frente como una locomotora antigua, pero no llegamos más que al restaurante más cercano donde disfrutamos nuestro primer desayuno de la mañana.
Y en eso estábamos cuando ví las bicicletas estilo turismo, que en argot de los ciclistas mexicanos se conocen como de panadero, con cestas de mimbre instaladas en las parrillas y la actitud más tranquila del mundo.
Eran aquellos valencianos de la leyenda. Mucho me los habían mencionado, desde que salí de Pamplona. Cuando me detenía a tocar la jarana y pasaba algún peregrino que me veía descansando muy quitado de la pena, me hacía referencia a los valencianos, que se lo tomaban con toda calma, traían canastas llenas de comida, computadoras portátiles y mil pequeños lujos impensables en la austeridad del peregrino.
Estos hacían como mucho cuarenta kilómetros en un día. Tomaban fotos, actualizaban su blog. Traían flores. Se veían tan contentos que costaba trabajo dejarlos atrás.
Sobre todo al Javi. Se encontraban y los seis o siete se ponían felices. Le decían: eres el primer ciclista que alcanzamos. Y le daban tragos a la bota de vino.
Más adelante en un cobertizo se quedó Sergio a escribir en su diario.
Javi y yo paramos después, en un restorán a unos cinco o seis kilómetros, para el segundo desayuno de la mañana. Ahí encontramos a otros tres peregrinos: una francesa, un alemán y un ecuatoriano. Fue gracioso que mientras hacíamos las presentaciones llegó un japonés y nos dijo: soy japonés. Como si no se le notara.
Cerveza y empanada. Compartimos un poco de chorizo y pan. Nos alcanzó Sergio y salimos antes de que nos volvieran a alcanzar los valencianos.
Después de la marca de los 100 kilómetros tuve ganas de ir más despacio. 
Ni siquiera tuve que plantearmelo: el camino es muy duro. Algo te advierto, amigo que estudias altimetrías en preparación a la aventura: los columpios no aparecen. En general es bajada, pero hay unas subidas cortas muy empinadas, con rocas sueltas y lodo, que le ponían mucha emoción al asunto. 
Rompe piernas.
Sin embargo allá iba yo, comiendo lodo, para arriba y para abajo sin perder ritmo.
Podrías pensar que en la bajada te emparejas, pero no: tampoco puedes dejarte ir porque te matas. Caminillos serpenteantes entre bosques mágicos.
En Palais de Rei paramos en el albergue a buscar las zapatillas que Sophie, una peregrina, había olvidado. Hubiera creído que eran de buena marca, pero no. Son unas chanclas cualquiera. El Javi como todo un héroe se echa las sandalias a las alforjas que ya no pueden más de tan llenas.
Hay partes donde el camino va sobre el río. Hay que cruzar a pie, cargando las bicicletas. Es donde pagas todas las comodidades que hayas cargado en el camino.
Es larga la etapa. Ya íbamos bastante cansados cuando paramos a comer y en el restaurante conocimos a Juan An, quien venía pedaleando desde Sahagún y que se unió a nuestro pequeño grupo.
Javi se perdió y fue a dar a una fábrica de explosivos.
Sergio y yo, para no adelantarnos demasiado paramos en un bar a tomar unas cervezas. Ahí coincidimos con varios peregrinos. Ana, que ya no podía meter el pie al zapato de tan madreado que lo traía. Estaba esperando un taxi que la llevara a Arzúa para encontrarse con sus amigas. Se veía terrible.
En unas mesas al fondo unos cletos gallegos se felicitaban por su resistencia. Aquí terminaban, porque eran de un pueblo al lado. Hoy dormimos en cama, decían y todo era felicidad en ellos.
No recuerdo exactamente cómo apareció Juanan. Pero de pronto ahí estaba, pedaleando con nosotros.
La segunda parte del día fue aún más pesada. Llovió casi sin parar. El lodo es en gran parte mierda de vaca. Las vacas están ahí, mugiendo al lado del camino, y te miran con desprecio y burla como si supieran que vienes comiéndote su mierda.
Los últimos siete u ocho kilómetros son de subida muy pesada, lodosa, con muchos ríos y obstáculos que no permiten mantener un ritmo en los pedales. Muchos metros son con la bici a cuestas.
Varios peregrinos iban muy desesperados. Algunas señoras mayores, coloradas como jitomates no responden sonrientes cuando les deseamos buen camino.
Nosotros tampoco estabamos muy tolerantes.
Una señora nos deseó buen camino.
Buen camino, mis cojones, contestó Javi.
Y era cierto, el camino muy lodoso, con barro de ese que se pega a los gajos de las ruedas o salta directo a tu boca.

A las seis de la tarde nos detuvimos a media tarde a conversar con unas abuelas y a darle unos tragos a la bota de vino. Sé que era esa hora porque las abuelitas nos quisieron engañar con su conocimiento del entorno y la naturaleza y nos contestaron, seis con tres minutos. 
¿Cómo sabe la hora? preguntó el Javi, y algo quiso decir la señora sobre la luz de la tarde, pero pudimos ver como se ocultaba el reloj bajo la manga. La descubrimos haciéndonos la broma. Es la última cuesta, nos dijeron como todos. 
En otra situación jamás me hubiera detenido a conversar con estas dos abuelillas gallegas.
Como a las siete llegamos al albergue de Arzúa. La última hora fue muy pesada. Por momentos el sendero desaparece y queda uno en la carretera. Extrañé mi chaleco fosforescente.
Otros tramos desaparece la carretera y queda uno parado en mitad de un río.
En el albergue nos atendió una chica muy amable. Aunque era un albergue municipal. El ritual de la llegada: escoger cama, regadera. 
Sergio tenía otra vez la rueda ponchada.
Juanan se quejaba de dolor en la rodilla.
Javi siempre bromista, no se quejaba de nada, pero se le sentía que no le había caído nada bien que Jope adelantara hasta Santiago.
La comida fue abundante. Además del menú de peregrino, pedimos una ración de pulpo gallego, pero preparado por un restaurantero argentino, de buenos aires. Estaba muy bueno. Media botellita de vino para cada quién y de premio un poco de fumadera.
El albergue era un campamento de heridos. Además nos tocó en el cuarto de mujeres, ¡éramos los únicos hombres!
Ellas estaban en distintos grados de destrucción de pies. Pero había una en particuar que se quejaban mucho. En la oscuridad de la noche, sus quejidos me parecían increíblemente eróticos.
"No os estareís tocando, ¿verdad?", preguntó el Javi en el silencio de la noche. Todavía estallo en carcajadas cuando me acuerdo.

día 14


Arzúa . Santiago de Compostela
a veces tus besos saben a canela.
38 kms




El amanecer fue espectacular. El mal clima había desaparecido. 
Aún así, nadie bajó la guardia. En muy poco tiempo aprendimos esa característica de galicia: la velocidad a la que cambia el clima y con eso la luz. Los compas cubrireron sus alforjas con plásticos y yo guardé todos mis paliacates en la mochila dentro de bolsas de plástico. Excepto uno: el paliacate naranja, con las refacciones y la herramienta, que colgué en el manubrio.
Los cuatro queríamos hacer los últimos 40 kilómetros con toda calma, pero sin detenernos. Sobre todo Juanan tenía una rodilla hinchada y que cada vez se ponía peor. Y Sergio también inició la jornada parchando por cuarta vez su carcacha.
El Javi de por sí siempre es alegre, pero este día fue además, veloz. No quiso detenerse en ningún lado. Tanto así que llegó a Santiago sólo, una hora antes que nosotros.
Porque la frase del día seguía siendo: esta es la última cuesta. 
Se supone que las piernas debían moverse solas hacia Santiago como si tuviera su propia fuerza de gravedad, pero no: siguen siendo empinadas cuestas y bajadas con mucha pendiente por caminos fangosos y sinuosos.
El buen clima duró poco tiempo. Después volvió la lluvia fina como telaraña, que moja todo.
Lo bueno que decidí ir con las piernas de fuera, sólo en lycras, porque los pants se hubieran mojado y hubieran pesado demasiado.
Iba yo regalando flores. Esto tiene su lado espiritual y romántico, pero también tiene que ver con la abstinencia sexual, quizá la explicación de porqué los peregrinos llegan de tan buen humor a Santiago.
Tiene que ver también con tu sonrisa, Jara, peregrina que venías por el camino antiguo. Cuando te vimos la noche anterior en el albergue de Arzúa tu belleza boscosa nos pareció a todos familiar.
Más adelante encontré un guante tirado. Un par de kilómetros adelante me encontré con una familia que paseaba por el bosque y que ni siquiera se habían dado cuenta de la pérdida del guante.
También a ella le regalé una flor. Ya me parecía que yo era dueño de las flores: en los pasados catorce días fui viéndolas florecer mientras maduraba la primavera.
Hubo varias cuestas muy empinadas, pero veníamos de tan buen humor que estuvimos echando carreras y yo de mejor humor porque les ganaba siempre. Claro que era el que viajaba más ligero por mucho.
Para que te des una idea, los tres traían bolsa de dormir, que por cierto les estorbaba porque todos los albergues tenían calefacción. Javi además llevaba un tipo de colchoneta para poner debajo, también inútil porque en todos lados hay camas. Hace demasiado frío para dormir afuera. Los tres traían chanclas, alforjas, parrillas. Javi además traía un litro de aceite de oliva y un bote de colacao (chocolate en polvo para la leche). Los tres traían antitranspirante. Ya los verás en las fotos.
El Javi fue impresionante. El se lanzó al camino sin ningún entrenamiento. Me da la impresión de que se preocupó porque su amigo Jope iba a hacer el camino sólo y se decidió a acompañarlo, pero sin entrenar ni un carajo y además en un fierro de dos ruedas que se compró por internet.



Más que en bicicleta Javi hizo el camino con bicicleta. De hecho, como más sale en las fotos es caminando a un lado de su carraca. Apenas en Ponferrada me dí cuenta que no era muy hábil cambiando las velocidades.
Tampoco le habían contado mucho sobre el ritmo para respirar y pedalear. Antes de la subida aceleraba mucho para tomar vuelo y cuando llegaba a donde era necesaria la potencia ya se había quedado sin aire.
¡Pero qué voluntad y paciencia mostró! Sudó cada centímetro de los ochocientos y pico kilómetros que había hecho desde Roncesvalles. Además le daba voz a mi conciencia: decía tenemos que ir más aprisa, para tener más tiempo para pasear más, decía, pero a cada dos kilómetros tenía hambre, o había que darle unos tragos a la bota de vino, o detenerse a saludar a algún peregrino alemán que dormía bajo un árbol: peregrino, peregrino, ¿éste es el camino de Santiago? les preguntaba. Ellos abrían mucho los ojos esforzándose para despertar y entender el otro idioma, y luego se alegraban de poder contestar que sí, que sí, que todo derecho. Quizá se daban cuenta de que les estábamos tomando el pelo por las carcajadas.
Con quien estuve más tiempo en estos catorce días había sido con Sergio, el patatero, como se les dice a los de Vittoria. Tal vez sea despectivo, pero yo te lo digo con todo cariño y respeto y sin ninguna mala intención.
¿Se referirán a que comen muchas papas?
Maestro de geografía que sin embargo, debo decir, no te conoces muy bien los nombres de las montañas y los ríos.
Bastante bueno en la cosa de los pedales. Eso sí. Once días tenía de estar en el camino. Al final nos clavamos en la cosa de echar carreras y adelantamos bastante al Juanan y a Javi, así que nos paramos a celebrar en un bar.
Prohibido quitarse los zapatos, sentenciaba en la puerta. Y es que ya estábamos a menos de diez kilómetros de Santiago. Algunos peregrinos vienen casi en trance. Ya no soportan un día más fuera de casa. Están decididos a soportarlo todo. A Ana ya no le entraban las botas, así que iba en chanclas. Todos venimos en un viaje interior muy intenso. Como que traemos el corazón de fuera, descarapelado.
Si hubiera niños de la calle, indigentes hurgando en la basura, narcopolicías emboscados, o alguna de esas escenas tan típicas de donde yo vengo, rompería a llorar.
De hecho era fácil llorar por cualquier cosa. Sólo de ponerme a cantar alguna canción ranchera, o de recordar algún detalle cotidiano se me humedecían los ojos. Las extrañé tanto a mis chavas. Jamás había pasado tanto tiempo sin hablar con mi hija. Seguro fue una buena terapia para los dos.
El caso es que mientras nos tomábamos la cerveza nos alcanzó Juanan con la cara contorsionada porque ahora sí la rodilla lo venía matando. Le regalé un sobrecito de árnica con mentol que lo alivianó lo suficiente como para seguir. Yo supongo que en eso estábamos cuando nos pasó Javí y no nos vimos.
Lamentable desencuentro.
Sergio y yo alcanzamos al Juanan más adelante. Lo remolqué un poco hasta que llegamos al Monte do Gozo que es, en efecto, la última cuesta.
En la cima tiene un monumento al peregrino donde desde cierto ángulo parece que se ve una bicicleta. Como que fuera un monumento a peregrino en bicicleta. Muy elegante y nuevo, con la carota del papa Juan Pablo, en recuerdo de cuando fue peregrino. 
¿Me pregunto si él mismo cargó sus maletas?
Dudo mucho que haya pasado una noche en la iglesia de Foncebadón.
Peregrinos se han apropiado del monumento, piedras con nombres y fechas colocadas en una canasta, y unas botas rotas que aquí se quedaron.
Ya es puro bajada. Juanan se adelantó para que no se le hinchara más la rodilla. Sergio y yo nos quedamos un rato esperando al Javi hasta que unas peregrinas nos dijeron que lo habían visto pasar.
En esa última bajada se me cayó el paliacate naranja con la herramienta y la cámara de repuesto. También me dolió hasta el alma. Fue la única vez que fallaron los paliacates.
El tránsito me sorprendió. Al llegar al centro histórico tuvimos que dar algunas vueltas de más. Bajamos una escalera, cruzamos un arco y tuvimos de golpe frente a nosotros la catedral de Santiago, el final de la ruta.


EPÍLOGO



Frente a la catedral Juanan y Javi.
También Jope con una gran sonrisa. Crucé contigo apenas un puñado de palabras, basurero, pasamos juntos unas cuantas horas. Sin embargo estuvimos al tanto de cada paso de nuestro camino. Fuiste nuestra vanguardia.
Lo que no me esperaba era volver a encontrar a Alfredo y a Arturo.
Al final se volvió a reunir el pequeño clan cletero que habíamos compartido vino y fumadera en Santo Domingo de la Calzada.
Excepto por aquellos maños construidos de fierro que han de haber hecho el camino en los reglamentarios 9 días.
También llegó Sophie, a recoger sus zapatillas que el Javi cual templario venía cargando desde hace dos días.
A la vuelta de la catedral está la oficina del peregrino donde al mostrar tu credencial te preguntan si tus motivos son: a)religiosos, b)deportivos o c)turísticos. Si contestas que son deportivos o turísticos te dan un certificado. Si dices que son religiosos entonces te dan mas o menos la misma cosa, pero escrita en latín, publicada en un papel bonito y toda la cosa. Hasta tiene valor religioso, como el acta de bautizo y eso.
O sea que me han perdonado. Y como de por sí yo no había pecado, ahora tengo crédito.
Javi y Jope ya tenían un auto rentado para volver a Barcelona.
Primero para la comida, hicimos un banquete de festejo en un restorán que se llama Manolo. Muy bueno y barato. 8.50 una comida que en el de efe costaría fácil el triple: sopa de calamares, churrasco, vino tinto del Bierzo y vino blanco Albariño, de galicia. Postre.
Animadamente hablamos del camino, de las cosas que cada quien vio. Lo que cada quién escuchaba. Comparamos nuestras credenciales para darnos cuenta dónde habíamos dormido y cómo habíamos estado un día antes o después en el mismo lugar.
Ya no intentamos seguir en los albergues. Nos quedamos Sergio y yo en la misma casa de huéspedes donde se habían quedado Arturo y Alfredo. Fue un lujo increíble tener, por ejemplo, llaves de la puerta y no tener que volver antes de las diez.
¡Qué difícil fue despedirse del Jope y del Javi! Como cinta adhesiva, para que no duela, la quitamos rápido. Un abrazo y ya está.
Unos minutos más tarde se despidió Juanan. Sólo dos días pedaleamos juntos, pero juntos llegamos a Santiago así que se formó una amistad intensa y supongo que duradera.
Alfredo, Arturo, Sergio y yo recorrimos los bares del centro. Buscábamos una fiesta. Queríamos aprovechar que no se cerraba el albergue para festejar nuestra hazaña, pero en martes, la ciudad estaba muerta. Apenas logramos tomar algunas cervezas y probar los caprichos de santiago y el queso de tetilla que te regalan en sitios de degustación. También carajillos de orujo, pero la verdad, no estaba tan rico como el de Ponferrada.
Como a las diez, a regañadientes, se despidieron Arturo y Alfredo. Sergio y yo vagamos por los callejones desiertos, que también disfruté muchísimo. La casa de huéspedes me pareció muy lujosa: por primera vez en catorce días no había límite de agua caliente ni horario de apagar las luces. Tenían toallas de verdad, así que no tuve que secarme con la hypermoderna toalla de natación que hay que mojar para que seque.
Pude tocar la jarana un buen rato.
Hasta me fumé un porro en la ventana nomás para celebrar que se puede.
Por la mañana desayunamos juntos. Yo fui al internet para avisar en casa que la misión estaba cumplida. Sergio a comprar cositas para sus amigos. Nos encontramos frente a la catedral para completar el paseo por la mística ciudad de Santiago. Al medio día Sergio se fue a visitar a otros amigos.
Yo salí de la casa de huéspedes para ir al hotel que me habían reservado para el encuentro de poetas. Fui despacio, como no queriendo, como si buscara una flecha amarilla que sorpresivamente me señalara hacia otro sitio. Como esperando que alguien me deseara buen camino.
Me quedé largo rato en la plaza de Obradoiro, frente a la catedral de Santiago para mirar las sonrisas de los peregrinos que llegaban, como yo un día antes, y celebraban. Miles de fotografías. Y buscaban cómplices de su peregrinaje. Había otros prolongando esa sensación que ya se diluía en una ciudad con una rutina que cumplir, donde cada paso tiene un sentido y se espera que produzca un efecto. Como en cuaquier otra ciudad.
El contraste inmediato con el hotel de cinco estrellas, a todo lujo una cama kilométrica, tina de agua caliente, papel de baño que parece seda y que sin embargo no puedo compartir con nadie. Catorce días economizando todo. El despilfarro capitalista me parecía hasta grosero. Con todo y todo me la pasé metido en la tina y cantando a los gritos completamente desnudo hasta altas horas de la madrugada.
¡Lo que te perdiste!
El camino continúa, pero sin estos peregrinos que caminaron todo este tiempo en la misma dirección que yo.
Me obligué a patear las calles de esa ciudad milenaria y miniatura, comparada con el de efe porque ya estaba hostigado por la apretada arquitectura y la actitud de museo que tiene el casco viejo. Además tampoco embono muy bien con la arrogancia universitaria, fresca y joven pero también ciega a otras maravillas.
Apenas algún tímido saludo, alguna coqueta sonrisa, y yo que voy con el corazón descarapelado y a la vista me siento un poco maltratado de que ninguna me enseñe, por lo menos, las tetas.
Pude hablar casi cuarenta minutos con mi niña por teléfono. Me quedó su voz girando como colibrí en los oídos hasta que la volví a apretar en mis brazos.
En un taller de Santiago empacaron a la Zufridora y la llevaron junto conmigo al aeropuerto por sólo 20 euros.
Todavía en la sala de abordar, gracias a La Peregrina, me volví a encontrar contigo, Paqui, de Murcia, y así nos transportamos de inmediato a la cima del cebreiro, a aquella merienda colectiva, durante una tormenta de nieve. Tuvimos como una hora más para prolongar un poco nuestra peregrinación con los cuentos del camino, del viejo que tuvo problemas con sus ojos.
Y aquí concluimos, ¿no, Paquí? Hablamos sobrelas respuestas que ya estaban ahí antes de hacer el camino, y de las sorpresas, ¿te acuerdas? Del camino interior, que suena tanto a misterio religioso cuando lees en las guías turísticas, y que no es más que mucho tiempo concentrado en uno mismo, dejando lo inecesario, conservando lo escencial.
Claro que en bici hacemos trampa, Paqui, porque el viento en el oído, la grava en las ruedas, el ruido de nuestro corazón y el fuelle de nuestros pulmones nos ayuda con el trance.
Catorce días con el cuerpo de compañero de viaje. Concentrado en lo que necesitas para ir a un lugar. Tiempo pensando en uno mismo.
El camino interior es ese silencio que queda cuando todos los amigos se van.
Y estoy sólo con mi bicicleta.
Y sólo hay un camino para adelante y uno para atrás.