San Martín del Camino . Foncebadón.tu recuerdo me moja el calzón.
45 kms en jueves santo.La compañía de Sergio se volvió natural como si fuéramos amigos de hace mucho tiempo. Desayunamos, acomodamos las bicicletas y seguimos adelante como si ese hubiera sido el plan. Claro como recién conocidos teníamos mucho cuidado en no maltratarnos, es decir, llevar un ritmo cómodo para los dos, que nos permitiera platicar...
Bueno, exagero... creo que yo era el que hablaba. Los que me conocen... saben.
Pero estaba dispuesto a ir al ritmo de cualquiera, con tal de tener quien me escuchara.
Aunque recuerdo que Sergio también me interrumpía. Así supe que era maestro de geografía y que daba cursos a chicos sobre energía alternativa.
Ya tenía varios días viendo una cordillera nevada al norte. Pero fue ese día que noté como nos habíamos acercado a ella y además noté otra cordillera al sur. ¿La cordillera ibérica, creo que me dijo? Sergio y sus infinitos conocimientos sobre la geografía de la península ibérica fueron los primeros indicadores de lo que me esperaba más adelante. Tal vez debí haber hecho caso a todas las predicciones del clima y echado adelante a todo vapor, pero la soledad es cabrona.
Puente de Órbigo es el más largo del camino, creo que son 19 ojos o arcos. Me gusta la placa que dice que un caballero retó a todos los caballeros a que rompieran tres lanzas contra él en ese puente. Y los venció a todos. Un tiempo. Al final fue vencido.
¿Te suena la historia? Si, bueno, tal vez no es muy original.
Pero el puente es muy bonito. Yo pensaba que si en alguna época los más acomodados construían puentes para lavar sus pecados, pues algo muy grande debe haber detrás de tanto arco.
También por estos días dejé de preocuparme por la predicción del clima, de todas maneras iba a seguir para adelante por el camino a la velocidad que pudiera. No hubiera cambiado nada con todo y meteorólogo. Además todos los días habían sido espléndidos y salvo aquellas gotillas que me cayeron en el Alto de Mostelares, nada de lluvia. Hasta llegué a pensar que traía equipaje de más: impermeable y ropa de invierno. Me decía que tenía que haber confiado en mis instintos que me decían que primavera era lo que sucedía en Cuernavaca.
Sergio tenía mejor estudiadas las etapas y me advirtió sobre la Cruz de Hierro.
Preferíamos el camino. Mientras más lejos de la carretera, mejor. La eterna llanura de Castilla cansa. Las subidas y los bosquecillos son reconfortantes.
En mitad de la montaña hay un monumento hecho con objetos mágicos que han perdido sus poderes: el cepillo de dientes con las cerdas abiertas como plumero, los lentes oscuros sin una pata, los tenis rotos. Una bolsa sin cierre. Un libro leído. Chamarras, camisas, pantalones demasiado pesados o rotos para llevarlos a Santiago, pero demasiado importantes para arrojar a la basura.
Sobre el pecho del espantapájaros colectivo una letrero dice: baila como si nadie te estuviera viendo, ama como si nadie te hubiera herido, canta como si no te oyera nadie y vive como si el cielo estuviera en la tierra.

Me sorprendió que algunos peregrinos tuvieran la necesidad de hacerle un monumento al esfuerzo de llegar hasta este punto, donde ya por lo menos llevas 500 kilómetros. La necesidad de compartir los llevó a construir un espantapájaros que permitiera a todos los demás peregrinos compartir algo de nosotros mismos y apropiarnos de este monumento. Erigido en honor de nosotros mismos. Es la única forma en que los monumentos tienen algún sentido.
Me hubiera gustado tener algo roto o inservible, o que todas las cosas perdidas y que perdiera aparecieran mágicamente aquí en este puerto que está después de 6 kms de subida dura. Por asfalto esta prohibido quejarse.
La bajada, en cambio, puro gozar. Lo único malo fue que a la vista de Astorga Sergio se detuvo a escribir su diario. Yo no quería detenerme así que me dio su número de teléfono y nos separamos convencidos de que más adelante nos volveríamos a encontrar.
Es deliciosa la bajada a Astorga por asfalto. Mi Zufridora ya se había olvidado de esta velocidad de carretera que debe rondar los 45 kms. Como dijeran: la variedad es el gusto: el pasado te permite apreciar el presente.
¿Será ese el sentido de hacer un camino tan viejo entre tanta ruina tan antigua?

El palacio de Gaudi en Astorga se merece todo un libro. No es tan viejo: 1961. Más nuevo que mi papá. Quizá es el único edificio que le resta importancia a la catedral, que aunque es majestuosa, es menos que la de León, o la de Burgos.
Ya estaba un poco cansado de tanto templo.
Gaudí en cambio hace cosas con la arquitectura que te permiten acercarte a lo vivo. O eso aluciné yo, viendo aquel palacio que aunque tenía motivos antiguos, como árabes o góticos, me recordó algas marinas en el fondo del mar, o árboles.
Lo gacho es que Franco lo haya usado como casa. Pero eso no es culpa de Gaudi. Nadie sabe para quién trabaja.
Por eso es mejor no trabajar. Esa es otra moraleja.
Astorga es la capital de la Maragatería, aún en el país leonés. No entiendo muy bien, porque algo que es común en este viaje es que todos quieren sus propias fronteras. Piden libertad al país leonés, como antes pedían una castilla sin león, y antes free navarra, pedían otros. Entiendo lo del respeto a las diferencias, pero las fronteras multiplican los trámites y cierran los caminos. A mi me gustan los caminos donde uno va sin que tengas que contestar a cada paso a dónde y porqué vas. Y cuándo regresas y cómo.
Los maragatos eran nómadas, contrabandistas o comerciantes según qué época y a quién le preguntes. Y en sus casas se nota también un cambio para adaptarse a un clima que es mucho más húmedo que el de Castilla o el resto de León. Casitas de piedra, reemplazan a los ladrilos de adobe. Y ahora todo es más de dos aguas, para que la lluvia resbale.
Además tienen unos mantecados muy ricos. Típicos del lugar.
La gente es muy amable con los peregrinos. Parece que hubo una época en que había tantos albergues, que hubo un encargado de ir a verlos todos para asegurarse de que ningún peregrino se estuviera haciendo güey sin caminar de una ciudad a la otra.
Yo quería un internet para comunicarme a casa, pero jueves santo, imposible.
También era un lugar grande, urbano. Y al acercarme pensé que me haría bien apartarme de tanto misticismo. Ir de fiesta por ahí, emborracharme, conseguir contacto físico, aunque no sea sexo. Pero luego al estar ya entre los coches y la gente como que me desesperé y preferí seguir adelante buscando campito y soledad.
Recordé al pasar por Murias de Rechivaldo, ¡qué nombres!, que Sergio tenía apuntado en su guía que había que comer aquí el cocido Maragato. Pero cosa curiosa que no tenía hambre suficiente para pagar los 16 euros que amenazaban con cobrarme. Ahora me arrepiento.

Me gustaron los caminos serpenteantes, las calles con casitas tan pegadas y altas que apenas ves un pedazo de cielo y unos metros al frente.
A la salida de Murias un gringo me pidió una canción. Señales: me detuve a cantar. Salieron a escuchar los dos hospitaleros, muy agradecidos. Luego me pusieron el sello y no se me olvidará nunca, porque es el único sello que me pusieron al revés. Ja.
Luego hay una recta enorme donde volví a ver aquello de dos cordilleras que se acercan entre por el norte y el sur. Y para entonces fue evidente que tendría que cruzarla y que me esperaba el puerto de montaña más alto de toda la ruta: Cruz de Fierro.
A mi esas subidas no me molestan. Las prefiero a los columpios que me sacan de ritmo. Hasta me dí el lujo de ignorar las señales que advertían que las bicicletas debían seguir por la carretera. Yo me mantuve en el sendero de tierra, empinado y serpenteante.
Además otra cosa ocurrió: como ya era semana santa, los españoles salieron en turba al camino. Algunos tenían años haciéndolo: cada que podían se encontraban en algún punto y hacían otro pedazo. El caso es que se empezó a poblar más el camino. Poco a poco. Este día no fue tan evidente, pero me dí cuenta que tenía que gritar desde antes algo que no molestara a los caminantes, pero les advirtiera de mi paso para no tener que perder la inercia a cada rato.
Yo recordaba de mis notas extraviadas, que la parte más empinada del camino era después de Rabanal, pero me equivocaba: toda la subida de 25 kilómetros más o menos, es empinada. Sólo tiene algunos descansos con el suelo en mala condición, o sea que es mejor recuperar el aliento, resignarse a hacerlo despacio.
Eso hice yo, porque había buen clima. Supongo que con lluvia o nieve debe ser imposible.
Eran cerca de las cuatro de la tarde cuando llegué a Foncebadón, un pueblillo en ruinas. Otros peregrinos me dijeron que tenía un albergue muy chulo, dirigidos por unos hippis muy buenos. Nada que ver con los amigos canadienses que me habían sugerido el lugar, porque ellos eran hospitaleros.
Pregunté por el albergue, me dijeron que abría hasta mayo.
Ni modo, me dije, bajaré de la montaña. Y seguí adelante.
Unos metros más allá me los encontré: estaban sacando colchones de una vieja iglesia que era el albergue parroquial. Me dijeron que estaba cerrado, les dije. Ellos se pusieron contentos. Salieron a recibirme. Cuando vieron el pin con la bandera canadiense se le iluminó el rostro con esa cara que ahora comprendo: la de descubrir otro atajo de la ruta, mirar cómo un objeto se mueve y volverlo a encontrar después. Se siente un click en el alma, parecido al de poner una pieza más en un rompecabezas, o entender algo complicado de matemáticas.
Claro que me quedé ahí. Les pregunté por la calefacción: tenían pero no funcionaba. Era su primer día. Estaban acomodando.
Me gustó ayudarlos. Barrer y limpiar. Mantuve un ojo en el camino para ver si pasaba Sergio. A mi alrededor los picos nevados. Que curioso, pensé, que aquellos picos parecen estar más abajo y están nevados. ¡Qué suerte que acá no hay nieve!
El viento, eso sí, mordía de tan frío. Pero nada que no se resolviera con la buff café que usaba como bufanda y tapabocas, y algún paliacate que me tapaba la cabeza. Para el pechito, rompevientos y debajo el chaleco de invierno.
Para las piernas, con los pants y las lycras es suficiente.
En el albergue de al lado, el de los Jipis, me prestaron el internet amablemente por 1 euro la media hora. Es curioso que encontrara internet aquí, en la punta de la montaña y no en Astorga. Me reporté a la casa.
Estuve a punto de comprar pan o vino, pero me di cuenta de que los “jipis” en realidad eran tiburones de cabello largo, vampiros disfrazados, porque todo lo vendían carísimo.
Luego escuché historias de peregrinos en este albergue jipi. Historias de sexo, drogas y rocanrol. No te imaginarías que un lugar tan pequeño y aislado de las ciudades, con clima tan extremo, tenga un ambiente tan fiestero y caro.
Volví a mi albergue, Domus Dei, donde Tom estaba cocinando. Acá sí tenían permitido cocinar. Es una suerte, porque lo hace muy, pero muy bien.
Dí otra vuelta por la aldea en ruinas. Entré a las casas caídas. Retraté desde lo alto la planicie de León y Castilla que quedaba atrás.
Al albergue llegaron esa noche dos peregrinos que hacían el camino de regreso. Carmo, portuguesa, y Tomás, alemán. Ella y él se conocieron un año antes. Se enamoraron y fueron pareja. Ahora habían hecho el camino Portugués y desde Santiago volvían hacia Roncesvalles.
Contaban de que al ir en reversa les pasaba peor que a mi: ellos sólo se detenían a socializar en el albergue un rato, por las noches. Todos los peregrinos eran sonrisas que pasaban deseándose buen camino, que para estas alturas se había vuelto tan automático para mí, como decir salud después de un estornudo o lavarme las manos después de ir al baño.
Además las señales de regreso: una flecha azul con un espiral, no llegaban muy lejos de Santiago. Después de eso la señales eran vivientes: cuando había dudas, esperaban a ver un peregrino y encontraban así la ruta. Interesante. Se quejaban amargamente de que unos ciclistas habían armado un desmadre un par de noches en el alberge de Villafranca del Bierzo. No pude disimular mi gusto de saber que los compañeros del clan cletero estaba a sólo un día o dos por delante. Carmo y Thomas mejoraron su opinión de ellos, un poco. No mucho.
Dale y Thomas tuvieron mucho tacto al invitarnos a hacer una ceremonia religiosa. Es que estábamos en el edificio de una iglesia muy muy antigua. Y ahí estaban el retablo y todas las cosas del altar, que también eran reliquias del sigo XII y XV.
Además me pidieron que si podía tocar la jarana como me fueran dando ganas.
Me encantó el misticismo. Ellos traían unos escritos preparados en todos los idiomas, de modo que Tomás, el alemán leyó unas oraciones en su idioma. Carmo también. Luego yo me arranque a decir poemas bonitos de tranquilidad y buena onda. No míos, porque yo no tengo de esos, sino por ejemplo ese de León Felipe que venía tanto al caso:
cansábame de hacer jornada, día tras día, tan sólo y tan callado, que me quedé apostado en un recuesto al borde de la vía, esperando la santa compañía de algún lento romero rezagado. Nadie pasó. Y esta canción traía el viento sollozante: sigue tu ruta sólo, caminante.Vas a pensar que me volví católico y que me convencieron de que si te portas bien o mal, dios te da un premio o un castigo. Para nada. Sigo seguro de que dios existe, como santa clos, en las mentes de los que creen en él.
Nomás que encontré otras lecturas a mensajes antiguos. Claves para descifrar por ejemplo los versos de Antonio Machado, destrozados por Serrat:
cuando el jilguero no puede cantar, cuando el poeta es un peregrino, cuando de nada nos sirve rezar, caminante no hay camino, se hace el camino al andar...La cosa habrá durado no más de quince minutos. Los sonidos en las iglesias se amplifican. Las voces suenan bien aunque no sean bonitas.
Dormí abrazado al calentador. Por poco lo subo en mi cama. Por la noche Carmo se dió cuenta y fue a apartarlo para que no se fuera a incendiar mi cobijita polar. Me dí cuenta porque me despertó el frío. Se escuchaba afuera la tormenta. Madres, pensé.